sábado, 13 de febrero de 2010

El campanario de Neuland

[Narración de la batalla (o más bien masacre) de Neuland. Un simpático relato de un corto partido de Warhammer entre Imperiales y Hombres Lagartos, ambientado en los comienzos de la Campaña de Albión.]



Hoy les trago un reporte de batalla campal a 2000 puntos entre los Imperiales de xxVaderxx y mis Hombres Lagarto, del juego de mesa Warhammer Fantasy Battles.
Aprovechando al máximo las reglas de escenografía que figuran en el manual, un despliegue inteligente y un set-up con mucho tiro y mucha defensa mágica, Vader consiguió arrebarte mi primer derrota en largo tiempo...¡y que derrota!

La batalla está situada al comenzar la campaña de Albión. La idea es ir poniendonos en tono y ver si consigo convencer a algunos amigos de hacer nuestra propia versión de dicha campaña. Las fuerzas imperiales han desembarcado hace poco en las costas y están plantando los simientos de lo que será el estado de Neuland.
Mis lagartos, por otro lado, buscan frenar a toda costa dicha operación.
Como a Vader no le gusta demasiado usar reglas especiales, no usamos ninguna de las reglas de Albión.

- El Campanario de Neuland -

"Una mínimo rayo de sol se filtraba entre las apelotonadas nubes tormentosas, dando la esperanza de ver un día ligeramente despejado por primera vez en semanas. Cuando Valerius aceptó la misión de llevar la fé sigmarita a la misteriosa isla supo de inmediato que los meses por venir no serían precisamente "cocer y cantar". Desde la llegada de su contigente (llegada que no habia estado librada de sus propios problemas y calamidades) la fauna, flora y el clima regional habian conspirado para retrasar sus planes en cada nuevo paso. Y así era como hoy, a varias semanas del hecho y a pesar de destinar más hombres de lo previsto a la empresa, los peregrinos de Neuland seguían más preocupados por nivelar la tierra, impedir inundaciones y defenderse de las criaturas nativas que de levantar las estructuras de lo que sería el principal bastión Imperial en Albión.
Apenas unas pocas estructuras se hallaban completamente erguidas, edificios y torres rodeandos por estanques, matorrales y bosques, prontos a convertirse en serios problemas ante el próximo diluvio o la próxima subida de la marea.


Pero aquella tarde, las labores manuales se habían visto interrumpidas por el estruendoroso sonar del campanario que daba el alerta y llamado a las armas. De forma completamente inesperada, todos habian tenido que dejar sus herramientas para tomar sus armas y Valerius se encontraba, nuevamente, en la incomoda situación de tener que retrasar sus planes para defender el territorio.
Pero estos invasores no eran otra hidra, ni un mero grupete de gigantes.

Desde la cima del campanario, Valerius pudo ver una enorme hueste de lagartos bipedos, disiplinadamente formados, avanzando hacia su posición, encabezados por lo que parecía coincidir en toda descripción con el sacerdote Slann responsable por la incurción al Imperio que terminase en el saqueo de Carroburgo, hacia ya algunos años.


Para cuando el sacerdote guerrero estuvo montado en su carro de batalla, el campanario ya se hallaba ocupado por un enorme destacamento de sus mejores arcabuceros. Si había aprendido algo durante sus estudios de las crónicas bélicas era que había sido contraproducente enfrentar a estos enemigos en el descampado. En cambio, Valerius usaría las torres del pueblo y las pequeñas arboledas que lo atrevezaban para cortar el avanze lagarto y destruir por partes su ejercito.
Para esto, un cañón fue colocado a cada lado del campanario, así como un bloque de de infanteria acompañado por sus reglamentarios regimientos de arqueros y espadachines. Una pequeña unidad de caballeros y otra de herrelueros tomaron su posición detrás de una las arboledas occidentales que servirían de tamiz al avanze enemigo, dejando espacio para que el destartaldo tanque a vapor avanzara para ponerse entre los espadachines y el cañón del lado derecho.
En poco tiempo sus peregrinos se hallaban formados como un ejercito y un silencio cayó sobre el campo de batalla mientras Valerius esperaba a que sus dos hechiceros se unieran a sus respectivas unidades, en el campanario y junto a los espadachines del flanco derecho. Una inquietante calma que se interrumpía brevemente por chaparrones aleatorios y el estruendo de algún relampago en la lejania.


[Por cuestiones de comodidad usamos libros para representar las torres]

La muralla de árboles que separaba al campanario de la torre más cercana dejaba un pequeño descampado en el centro que sería utilizado para una futura plaza. Luchando contra el hastio, la humedada y el miedo, los hombres afilaban sus miradas intentando descubrir al enemigo por entre los árboles. Pero, más que las sombras de los eslizones moviendose a cada lado del descampado, fue el temblor provacado por el estagadón y el retumbar de los tambores lo que alarmó a los peregrinos que la batalla se aproximaba.

Los lagartos avanzaron de manera uniforme, posicionando sus tropas a los lados de la torre más cercana al campanario, tomando ventaja del resguardo forestal . Eslizones a la vanguardia, saurios a cada lado y el amenazante estegadón portando unos discos de oro macizo que danzaban en el aire marcando una hipnótica elipse, escondido detrás de la torre. Casi inadvertida pasaba la pequeña tropilla de jinetes terradones que ya comenzaban a sobrevolar las copas desde el flanco derecho del ejercito Imperial, estando la atención centrada en el venerable Slann que se deslizaba en el aire rodeado por sus más poderosos guardianes, en la retaguardia del mismo flanco.
 
Con un gesto dió Valerius la señal de abrir fuego y los estallidos de su linea de artillería dieron por comenzada la carga enemiga. Bolas de muerte metálica atravezaron el campo de batalla a grandisimas velocidades para encontrar en las compactas formaciones de los invasores un blanco idoneo. El sacerdote había elegido sabiamente su posición: la futura plazoleta era el único punto de cruce para la muralla de arboledas y cienagas que aún retrasaban la edificación del pueblo. Con inspirador estoicismo, los hombres lagarto se veían obligados a avanzar directamente hacia la posición de fuego imperial, sufriendo enormes bajas en sus bloques de infanteria. 
Sin embargo, los hombres lagarto aún tenían una carta sobre la manga. Drenando de su poder mágico a unos fragmentos de piedra bruja que portaba en su palanquin, el mago sacerdote Slann combinó sus poderes junto a los de su chamán para intentar fundir magicamente las maquinas de guerra enemigas.
El aire mismo se tornó más denso mientras los disciplinados magos de Valerius (instruidos y equipados para la defensa mágica por encima del potencial meramente ofensivo) hacian todo lo posible por mantener a raya los bastos caudales de energía mágica que el Slann parecía capturar del mismisimo aire. 


Este duelo duró por algún tiempo, tiempo que Valerius buscaba. Cuando los debilitados guerreros saurios llegaron a distancia del frente imperial y una sabia maniobra de sus capitanes le consagró al sacerdote la carga de sus caballeros, ambos generales sabian que la batalla estaba concluida.
Poco importó el valiente esfuerzo del chamán eslizón por posicionar su ancestral artilugio entre las filas enemigas, esfuerzo recompensando unicamente con una densa lluvia de munición sobre los costados de su estegadon. O el veloz subterfugio de los jinetes de terradon, interceptados en su carga por un destacamento de espadachines. Ni siquiera los exploradores eslizones pudieron evitar una horrenda muerta bajo la metralla, o el ardiente aliento del cañón de vapor. 
Con el artilugio ancestral destruido, su chamán muerto o capturado y sus fuerzas de infanteria diesmadas bajo el fiuego enemigo, el Slann pareció aceptar con impotente rencor el resultado de la batalla y ordenó con un gesto la retirada de su guardianes. Tan rápido y misteriosamente como aparecieron, los pocos sobrevivientes lagartos se desvanecieron entre los matorrales. 
Pero poco le importaba un bloque de infentaria a los peregrinos de Neuland, la mayoria de los cuales habia visto la muerte avecinarse solo para retirarse sin haberles provocado un rasguño. Una ola de euforia estalló entre los soldados, orgullosos de haber derrotado con facilidad a aquellas bestias de leyenda que arrazaron sus tierras en años pasados. 
Y, sin embargo, la euforia no parecia alcanzarlos a todos. Espectante y sombrio, Valerius se mantenia en la cima del campanario alejado de los festejos, con el duro semblante de quien sabe que este ha sido solamente el comienzo. "


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¡Y bueh, aveces toca perder! ... y algunas de dichas veces de una forma bastante humillante, jaja. La batalla se dió por "terminada" en el tercer turno al ver que solamente me quedaba una unidad en pie y no habia conseguido hacer daño alguno a los imperiales. Puedo decir en mi defensa que el plan de mi rival fue muy bueno y que caí directamente en su trampa de usar la escenografía para genrar un embudo. Por otro lado, una increible mala suerte con la de por si mala magia y una serie de errores provocados por mi falta de atención en ese día particular hicieron que mi actuación fuera peor que de costumbre...¡lo cual solo hará más soprendente mi fulminante venganza!

Si les llegó a gustar el estilo de narranción, les dejo acá tres links de otros reportes de batalla un tanto más felices (...para mi xD) que conforman nuestra campaña de invierno "Expedición a la Torre Silenciosa":
Primer batalla -  Desfiladero de los craneos
Segunda batalla - Toma de la Torre Silenciosa
Tercer batalla - El Artilugio de los Dioses

[EDIT: Comentarios y opiniones sobre esta narración de batalla disponibles en su thread de Wargamez]
En fin, espero que les haya gustado! Y espero estar subiendo más narraciones de batalla pronto ^^