martes, 29 de noviembre de 2011

Toma de la Torre Silenciosa

Esta narración de batalla relata los hechos ocurridos durante la segunda partida de la campaña "Expedición a la Torre", jugada en el invierno del 2009 usando las reglas de Warhammer Fantasy séptima edición. En esta contienda, mis Hombres Lagarto se enfrentan nuevamente a los Guerreros del Caos de AstarothLeo y la historia de la campaña comienza a desarrollarse.



Si no recuerdo mal, esta batalla fue una simple "batalla campal" a 1.000 puntos. La narración de la batalla, si bien sigue intentando ser un simple informe de batalla con condimento narrativo, se empieza a volver un poco menos específica y más legible (aunque, al menos en mi opinión, sigue entendiendose a grandes rasgos que ocurrió en cada turno). Asimismo, cabe aclarar que esta narración de batalla fue originalmente posteada en este thread del foro Wargamez.

"Los días pasaron y tras tortuosas marchas a la sombra de las imponentes montañas, la comitiva de Lustria consiguió salir del Desfiladero de los Cráneos. Una gran planicie se encontraba ahora frente a ellos, lugar de reposo de incontables ruinas y edificaciones, todas ellas símbolo y testamento de los malignos prodigios llevados a cabo por caóticos heraldos.
Tlaloc se mostraba frío pero dubitativo. Los desiertos del caos son lugares plagados por la irracionalidad y las formas imposibles que adornaban las estructuras eran un mal augurio para alguien instruido en leer portentos. 
Avanzando constantemente en formación y esperando al enemigo en cualquier momento, el ejercito de pieles escamosas se desplazaba como si conociese el lugar, como si cada paso en esta adversa tierra hubiese sido calculado y escrito hacia milenios, en doradas placas que amurallaban recámaras. 
Finalmente llegaron a su objetivo: una enorme torre, lisa y austera, carente de cualquier tipo de marca o identificación a excepción de su cumbre en forma de estrella. No había puertas, ni ventanas, ni ningún método evidente de acceso a aquella estructura, negra como la noche y alta hasta el cielo, en la que muchos caminos (que a veces desaparecían bajo el polvo y la tierra acumulado en siglos, para reaparecer un par de metros más adelante) parecían encontrarse. Y no eran solamente los caminos los que se dirigían hacia aquella Torre, los mismísimos vientos de la magia parecían arremolinarse allí, golpear con fuerza los lisos muros, como atraídos por algo. Algo que Tlaloc había sido enviado a recuperar. 
Pero Tlaloc no era el único citado a aquel espectáculo de demencial arquitectura y a medida que sus fuerzas se acercaban, más fuerte y más recurrentes se oían los gritos de cuernos y tambores, los cánticos de hordas enfurecidas, las exclamaciones que jactaban, en demoníaca repetición: "Sangre para el Dios de la Sangre. Cráneos para el trono de Khorne". 

Desde la profundidad del terreno, entre la penumbra de la constante noche, surgían los estandartes del Dios de la Sangre, portados por una enorme hueste de hombres similar a la anterior en número y composición, pero mucho más exaltada, mucho más decidida. Khorne enviaba a sus fanáticos a la guerra. La vanguardia estaba compuesta por muchísimos bárbaros pintarrajeados completamente en rojo con armaduras adornadas con cráneos y otros trofeos. También había un grupo de fanáticos asesinos, príncipes guerreros protegidos por las mejores armaduras en tonos carmesíes, con un arma en cada mano y un estandarte en cada fila. 
A su flanco, los mejores de ellos, los más temerarios y más tenebrosos, montaban en los caóticos caballos que su Dios les había concedido, recompensa a su poder y su maldad. ¡Incluso algunos bárbaros, habitualmente menospreciados por sus superiores, se habían hecho con algunos caballos, y habían grabado en sus frentes y costados la impía marca del Dios de la Sangre!. 
Toda la hueste avanzaba entonando la sangrienta consigna, todos al unisono mientras marchaban hasta detenerse de repente en un completo silencio sincronizado, pocos metros por delante de la codiciada Torre.
Fue entonces cuando, de entre las sombras, surgió un hombre más robusto y enorme que los otros hombres, con una espada dentada que liberaba un tenue fulgor en la diestra y su casco en la zurda, mostrando su deformado rostro, profanado o bendecido según se viese, por los "regalos" de su Dios. Fue su estremecedor grito lo que rompió el gélido silencio, una gutural sentencia en la que prometía venganza por su difamación pasada y una salvaje masacre. 
Se trataba, como luego sabría Tlaloc, de Maladar "El Campeón", uno de los cuatro sobrevivientes del anterior enfrentamiento. Exaltado por las mutaciones que su amo le otorgó, solo le había tomado un par de días el encontrar y descuartizar a un general de la zona. Tras consagrar a todas sus tropas al Dios de la Sangre, le demandó a este las fuerzas para concretar su venganza. Maladar había gastado el resto de su tiempo en movilizar a sus hombres buscando el paradero de los odiados lagartos. ¿Había sido casualidad o destino lo que volvía a cruzar los caminos de estos dos ejércitos, de sus dos generales?.

Tlaloc, por su parte, había tenido que recomponer su linea de choque con las reservas de su expedición. Lo-Tax se había recuperado de sus heridas y el chaman eslizón le había encomendado el especial cuidado y manejo de un imponente estegadón. Si bien Tlaloc tenía planes a futuro para esta antiquísima criatura, también velaba por la seguridad del guerrero eslizón, que batalla a batalla se ganaba su simpatía. 
Con la muerte de Krolak en la batalla anterior y la destrucción de todos sus guerreros, el chaman eslizón se había visto forzado a llamar a las tropas de Gor'Khatax, uno de los guardianes predilectos del Gran Sacerdote Slann.
Cuenta la leyenda que, cuando Marcus Von Richter consiguió abrir el caótico portal que devastaría la ciudad templo de Xal-Tapi¹, un ejército demoníaco se apartó de allí y asaltó la cercana Ciudad de los Vientos. Ésta, al tener la mayoría de sus falanges luchando en Xal-Tapi, se había mostrado incapaz de detener el avance enemigo y pronto un grupo de demonios consiguieron penetrar en los pozos de desove. Fue entonces cuando, acorde a antiguas profecías  Gor'Khatax se engendró y, con pocos segundos de vida, consiguió expulsar a los enemigos del pozo de desove y reorganizar las restantes tropas lagartas en una defensa que consiguió ganar tiempo hasta el retorno de los ejércitos autóctonos de la ciudad.
Desde su profética defensa, Gor'Khatax se había probado repetidas veces en el campo de batalla, mostrándose mucho más apto que algunos saurios con varias centurias más que él y sin embargo se postraba silenciosamente frente a Tlaloc, en ciega obediencia a la orden de los Grandes Sacerdotes.
Además de estas personalidades, las dos escuadras de cazadores eslizones habían reavivado sus números y se apresuraron a tomar la vanguardia, escudando los saurios de Gor'Khatax y el estegadón de Lo-Tax. Asimismo, cuatro batidores habían conseguido amaestrar la enfurecida salamandra de la batalla anterior y pretendían aprovecharla en este combate. 

Poco tiempo tuvieron las tropas de los lagartos para acomodarse cuando los agentes del caos comenzaron a moverse, avanzando a toda marcha y de forma casi uniforme para chocar contra la raza invasora. Los cinco caballeros apuntaron sus espadas flamigeras contra Lo-Tax y marcharon para alcanzar al estegadón, pero rápidamente comenzaron a perder hombres frente a los certeros virotes que el jefe eslizón disparaba desde su montura. Los otros jinetes, en cambio, optaron por rodear el ejercito desde el otro flanco, avanzando directamente hacia una estatua deforme, donde un grupo de eslizones, apoyado por la salamandra, intentaban esconderse. El resto de la infantería avanzó firmemente hacia Gor'Khatax, quien aguardó estrategicamente.

Entre las rocas de la retaguardia, Tlaloc consiguió divisar a Maladar e hizo lo posible por descargar una ráfaga de rayos sobre él, pero nuevamente las energías caóticas del terreno se volvieron contra él y los vientos de la magia se desgarraron en un etéreo golpe que desgarro parte de su cuerpo. Levantándose del inesperado (aunque irónicamente familiar) impacto, el chaman comprendió la fuerte presencia que el Dios de la Sangre debía tener en estas ruinas y como ello solo podía reemplazar la razón de sus guerreros por furia asesina. Fue entonces cuando ordenó a sus cazadores eslizón el tenderles la habitual emboscada, de forma que Lo-Tax pudiese arrollarlos por el flanco.

Los ejércitos cierran filas deformes desiertos del caos

Mientras tanto, del otro lado del campo, los jinetes bárbaros habían intentado alcanzar a los cazadores eslizones, pero al conseguir estos huir de su carga, optaron por asaltar a la desprevenida salamandra. Sin embargo, sus rostros expresaron la sorpresa que sus cuerpos sufrieron en carne, cuando la gélida criatura demostró dar mayor pelea de la esperada y consiguió derribar a uno de los jinetes. 
En ese momento, los caballeros del caos que se acercaban a Lo-Tax corroboraron las sospechas de Tlaloc al no poder contener su sádico psicopatismo y asaltar frontalmente a los cazadores eslizones. La rápida masacre que realizaron entonces fue un mero preambulo a la que pronto recibieron ante la carga del enfurecido estegadon, en la que Lo-Tax pudo sumar dos cabezas más a su lanza. 
Sin embargo, no todos los lagartos corrían con tanta suerte y cuando los jinetes bárbaros consiguieron asesinar a los batidores eslizón, la salamandra tuvo el erróneo reflejo de huir hacia su corta libertad y ser arrollada por la persecución de sus verdugos. 

Mientras todo esto ocurría, Maladar se había escudado en unas ruinas para evitar la certera mirada de Tlaloc y la furia de sus relámpagos. Desde allí gritaba blasfemias para movilizar a sus hombres, que, lentamente, habían entrado en el rango del veterano saurio. La violenta carga de Lo-Tax había llamado la atención de los infantes mejor equipados, quienes encararon hacia el monstruo con obscuras intenciones, sin notar que, en el hacerlo, habían dejado el flanco libre para las tropas de Gor'Khatax. 
Este, tomando los frutos de su instintiva paciencia, ordenó la carga con un gutural rugido que se escuchó en todo el valle y corrió junto a sus guerreros para arrasar la linea enemiga, pasando de forma completamente impune frente a la horda de bárbaros que se descubría ahora mal encarada para realizar su ansiado asalto. Antes de que los bárbaros consiguiesen reorganizarse para atacar por la retaguardia, las tropas saurias consiguieron superar el flanco de la infantería pesada que, al sufrir las primeras bajas y verse superada en número y mal posicionada, tuvo la instintiva respuesta de huir hacia el descampado. 
Gor'Khatax, completamente consiente del inminente peligro que su posición actual significaba, se abalanzó a la persecución junto a sus guerreros, alcanzado, derribando y matando, uno a uno, a los prófugos enemigos. 
La indignación de los bárbaros fue total: los enormes esfuerzos para reorganizar tan indisciplinada horda de guerreros fue recompensada únicamente por un virotaso envenenado que consiguió perforar, de punta a punta, una de las columnas de su falange, empalando a cuatro de ellos. Esto no era mera suerte, Tlaloc, resignado ha no poder invocar el poder de la tormenta sobre sus rivales, optó por escrudiñar los astros para guiar mágicamente el proyectil de Lo-Tax, asestando un devastador y mortal impacto entre ambos, que el jefe eslizón festejó con fuertes rugidos y ademanes provocadores. 
Maladar, por su parte, estaba indignadamente furioso. El ejercito que con tanto esfuerzo había conseguido arrebatar y consagrar a su Dios se desmoronaba frente a sus ojos. Con sus mejores guerreros muertos y solo el apoyo de los bárbaros para finalizar la tarea, el Campeón de Khorne sabía que necesitaba asestar un golpe certero y devastador al ejercito enemigo, algo que pudiese poner fin a la cadena de mando y disuadir a sus rivales de continuar con su avance. Con decidida vileza, saltó de las ruinas que lo protegían, esquivando (con alguna leve lesión) los rayos que Tlaloc insistía en asestarle, y cargó directamente contra la unidad comandada por Gor'Khatax, arrojandosele directamente al saurio en ademán de desafío. 

Con un gesto y un mordisco, Gor'Khatax ordenó a su unidad rodearlo en círculo mientras el veterano guardián lo enfrentaba en combate singular. Maladar se adelantó con prepotente furia y agresión, levantando en el aire su dentada espada mientras la cargaba con cuanta fuerza pudiese brindarle solo para descubrirse incapaz de finalizar el golpe: como si de una burbuja se tratase, el mismo continuo del tiempo pareció diluirse en aquel combate y antes de que el campeón del caos diese su primer golpe, Gor'Khatax consiguió adelantarse y destrozar la armadura del emisario. Las rojizas esquirlas del blasfemo acero que protegía a Maladar, volaron lentamente por los aires alrededor de la mágica espada del saurio para caer, junto con el destrozado cuerpo de su rival, a la velocidad impuesta por el tiempo que volvía a su flujo habitual.Gor'Khatax había vencido y con la muerte de Maladar el ejercito de Khorne comenzaba a desmoralizarse completamente. Incluso cuando los jinetes bárbaros que restaban habían conseguido sobrevivir a los cerbatanazos de los cazadores eslizones, para luego vencerlos en combate cuerpo a cuerpo, la principal falange de guerreros había sido diezmada por los proyectiles de Lo-Tax y poco pudo hacer para soportar la carga de los guerreros saurios. Tras una rápida y sangrienta batalla, los saurios consiguieron superar a los bárbaros y arrasarlos hasta el último hombre. Solo dos jinetes quedaban, rodeando aquella estatua que estaba al otro lado del campo de batalla, enceguecidos nuevamente por la confianza que su victoria sobre los eslizones les había dado. 
Cabalgaron contra la linea principal lagarta, buscando arrebatarle la vida a alguno de sus lideres y consagrar con ello la inmortalidad de sus almas, pero sufrieron rápidamente el certero disparo combinado de Lo-Tax y Tlaloc. El último, el más fiero y prometedor entre los bárbaros, se apresuró a alcanzar al chaman eslizón. . .pero su furiosa cabalgata fue anulada por las ráfagas eléctricas que Tlaloc invocó sobre él. 

Maladar enfrenta a Gor'Khatax en combate singular
Las tropas de los hombres lagarto se apresuraron a levantar defensas alrededor de la Torre Silenciosa recientemente conquistada. Tlaloc sabía que la masacre que sus tropas habían realizado le daba el suficiente tiempo como para reorganizarlas y comenzar los rituales dentro de la impía estructura del Caos; pero también era consciente que su reciente suerte alertaría a los nativos, atrayendo grandes hordas que no volverían a subestimarlo.
Pronto, el secreto artefacto que la Torre contenía sería devuelto a sus verdaderos dueños y solo su ancestral furia podría salvar a los hombres lagarto de sus enemigos.

¹ Los eventos narrados refieren a los sucesos que desencadenaron La Guerra de la Costa y sellaron el destino de Xal-Tapi. Las peripecias de estos complejos acontecimientos, que involucraron no solo a los Hombres Lagarto y los agentes del Caos, sino tambien a los Bretones, el Imperio humano y los Elfos de Naggaroth, son narradas en otro códice. 

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La batalla terminó en una victoria por masacre para los Hombres Lagarto. Algo que he terminado de certificar releyendo esta vieja narración, es que no suelo dar una descripción clara del campo de batalla al comienzo del relato. Irónicamente, después tiendo a presuponer que el lector sabe donde se encuentra cada cosa y las uso para dar indicaciones espaciales. Algo sencillo, pero importante y fácil de solucionar.