viernes, 20 de abril de 2012

Personaje: Noland, el errante [versión F.R.]

En ésta entrada archivo el trasfondo y descripción de mi personaje "Noland, el errante", en su nueva encarnación dentro del setting de Forgotten Realms. Esta versión del personaje comenzó a usarse el 15/04/2012 para una campaña quincenal con un nuevo grupo de jugadores, usando la cuarta edición de D&D.
Ha resultado muy interesante intentar adaptar el concepto original del personaje (que usase de mucho más pequeño, en un setting de fantasía sin demasiada definición) a un setting como Forgotten Realms: buscar que elementos del mundo pueden servir de fundamento al concepto del personaje y, en turno, ver como dichos elementos retro-alimentan y modifican el concepto. También ha sido interesante encontrarme con un deseo de darle otros tintes al trasfondo y explorar otras temáticas de las que solía usar. El resultado final es algo conocido, pero fresco y actualizado a mis intereses. Definitivamente una buena idea para repetir en algún tiempo.

Las ficha del personaje pretende reflejar lo dicho en su descripción, trasfondo y personalidad. Lamentablemente, como no estoy muy aceitado con las reglas de 4º edición (es la primera vez que lo juego y ni siquiera he termiando de leer las reglas) no sé si las elecciones que tomé son las más interesantes o eficientes para conseguir dicho reflejo.




Resumen:
Noland es un viajero y mercenario proveniente de los bajos fondos de Amn. Sin comprometerse demasiado con grandes ideales o gestas políticas, busca almacenar poder y fortuna para sus propios propósitos. Si bien puede ser arisco en su trato con los otros, posee un corazón que no tolera el abuso de los débiles, pero que suele ser acallado (en un silencio de solo aparente indiferencia) por su firme creencia de que tal abuso es un aspecto irreparable del mundo.

Historia:
Retrato provisorio de Noland
Hijo único de una familia pobre de mercaderes comunes, Noland nació en alguna de las grandes ciudades de Amn. Atrapados en las intricadas redes de gremios y cofradías comerciales, sus padres nunca pudieron gozar de un buen pasar económico, viéndose obligados a invertir la mayoría de su ganancia en tributos y permisos de dudosa legalidad, o en solventar deudas contraídas sin su conocimiento o intención. Sin embargo, fieles a cierto credo laico al trabajo y la rectitud, los padres de Noland siempre instaron por solucionar estos y otros problemas a base del fruto de su propio sudor y riguroso trabajo (lo cual, lamentablemente, solía terminar por reproducir estos problemas en vez de solventarlos). Durante toda su infancia, intentaron enseñarle la senda de la bondad mundana y el valor de sostener la propia palabra.
Lamentablemente para sus intentos, sus constantes aprietos económicos y la falta de ayuda en una comunidad tan competitiva le dejaba a Noland un gran margen de tiempo para escuchar el consejo de otros mentores y maestros. Así, mientras correteaba y jugaba por los callejones y recovecos de las grandes ciudades, Noland pudo ver (y experimentar) de primera mano los sonantes frutos de formas más directas, aunque menos "honestas", de ganarse la vida. Lo que comenzó accidentalmente como un juego y con una gran dosis de vergüenza fue gestando en su pecho una inflamada soberbia y seguridad que a su núcleo familiar le era imposible brindarle. El sentimiento de grandeza y poderío que experimentó la primera vez que acompañó a una banda de maleantes a cobrar ciertas deudas de un mercader local contrastaba poderosamente con la vergüenza e impotencia que sentía al implorar junto a su padre por la atención de los transeúntes, o al regatear el valor de los simples bienes que vendía.
Varios años pasó Noland gozando de malas compañías y dedicándose a tareas indebidas y, probablemente, sería hoy algún maleante de mediana envergadura de no haber sucedido un hecho bastante peculiar. Cuando tenía ya veinticinco años, Noland formaba parte de una banda de maleantes callejeros que funcionaba, en secreto, como los sicarios, cobradores e intimidadores de un prestigioso gremio de comerciantes. Si bien hacían todo lo posible por evitar llegar a las últimas consecuencias, no solían escatimar en violencia e insolencia a la hora de atemorizar a sus objetivos, especialmente cuando estos debían grandes sumas al gremio.
Tratabase, hasta donde él sabía, de un "apriete" como tantos otros había realizado antes. Pero en cuanto se encontró caminando por una plazoleta familiar, acompañado por sus bravucones "amigos", comenzó a sospechar quien era el objetivo en esta ocasión. Cuando preguntó casualmente a su "jefe" la identidad del desafortunado de turno, éste esquivó las
respuestas certeras con chistes, risotadas y cambios de tema...lo cual solo confirmó las sospechas de Noland. Una leve llovizna comenzó cuando llegaron al humilde puesto de su padre. Noland, solemne y rígido, no fingió el menor signo de sorpresa. Para cuando su "jefe" terminó con el habitual discurso que precedía a la mutilación del deudor y la destrucción
de su propiedad, miró fijamente a Noland y le ordenó hacer el trabajo sucio.
"Es solo una prueba de lealtad y confianza, ¿eh? Que el viejo está hasta las narices de deudas. Pero tampoco queremos generarte un problema familiar, o algo por el estilo. Con un par de dedos bastará" dijo para quebrar el sepultural silencio que el guerrero le devolvió mientras lo atravesaba con su penetrante mirada. Lo que ocurrió luego fue rápido y predecible. Corridas, gritos y el rojo de la sangre fundiéndose con lluvia y cayendo sobre mercancías. El desembaine de Noland le costó el brazó a uno de los matones que intentó "motivarlo" tomándolo de un hombro. Para cuando los gritos cesaron, guardias y matones se disputaban la plaza, mientras Noland intentaba proteger a su padre y arreglar cuentas con sus "amigos" al mismo tiempo. Varios cayeron bajo su espada antes de que pudiera ganar una salida. Herido y cansado, terminó por conseguir la fuga y la protección de su padre. Rápidas como un relámpago, las consecuencias de sus actos y compañías habían entrado a tropel en su cabeza, conscientisandolo del impacto que había tenido en la vida de otros sujetos tan desafortunados como él. Pero, al mismo tiempo, la vulnerabilidad y fragilidad de su padre se había manifestado en toda su evidencia. ¿Fue un golpe de moralidad repentina lo que lo hizo abandonar su carrera como maleante? ¿O fue acaso una simple reacción instintiva ante el conocido sabor de la traición, de esa familiar impotencia ante fuerzas que superan el propio control? Quién sabe. Seguramente, una feliz coincidencia de ambos.
En cualquier caso, ese evento marcó el comienzo de su vida como mercenario y la partida de su hogar. Con crímenes a sus espaldas y habiendo quedado en malos términos con el submundo local, ya no había lugar para él ni para su familia en aquella ciudad. Pero esto no significaba volver a la vida de mercader junto a sus padres. Por más que a una parte suya no le agradara, Noland había aprendido por experiencia propia que el mundo era un lugar hostil, que los fuertes tomaban lo que querían de los débiles, y que para sobrevivir había que elegir entre aniquilar... o perecer. Si el duro trabajo de honesto mercader no podía brindarle la gloria, riqueza y poder que hacían falta para embestir al mundo, la vida de aventurero mercenario lo haría y, con algo de suerte, sin la necesidad de combatir contra quien no se lo mereciese.

Descripción:
Noland es un humano de metro setenta de altura, complexión delgada pero fibrosa, tez clara y cabellos castaños claros. De mirada penetrante y formas bruscas, Noland se mantiene a medio camino entre arisco y respetuoso, ahorrándose las palabras irrelevantes y siendo bruscamente directo en muchas ocasiones.

Creencia: "Los fuertes toman lo que desean de los débiles"
Noland mantiene un constante debate moral con respecto a las consecuencias de esta firme creencia, debate que rara vez exterioriza más allá de actos que pueden parecer inconexos o contradictorios. Si bien asume que esta creencia refleja el estado general del mundo, eso no significa que dicho estado sea de su agrado: el constante abuso que los débiles padecen le genera una rabia comparable solamente con las dudas que alberga sobre la facticidad y utilidad de su prolongada defensa.

Instinto: Deslizar silenciosamente la mano sobre el mango de la espada ante el menor signo de peligro.
Las calles de Amn han instruido a Noland sobre la hostilidad natural del mundo y el precio de mantener la guardia baja. Noland siempre hará movimientos leves, lo menos perceptibles posible, intentando mantenerse al tanto de su entorno.