miércoles, 26 de diciembre de 2012

[D&D-A] - Perdidos en la tormenta

Narración de nuestra sesión del 20/12/12, en la cual los aventureros partieron de Lansdow, intentando atravesar una feroz tormenta de nieve que puso una dura prueba a su resistencia.



La sesión comenzó en el momento exacto donde la otra había terminado, con la abatida pareja de aventureros volviendo a la posada. Alexander, gravemente debilitado por las heridas sufridas, seguía recriminándose la imprudencia de sus acciones así como la perdida del arco mágico que su maestra Rhadika le había encomendado. Valyghar, que lo retaba y consolaba por momentos, se mostraba aún atónito por lo sorpresivo de toda la situación, concentrado unicamente en la recuperación de su amigo. 
Llegaron a la Posada de la Bota Roja, donde Davron ya estaba pronto a cerrar por la noche, preocupado por el inusual frío y fuerte viento, y Valyghar depositó a Alexander en su habitación. En aparentes delirios, Alexander le gritaba a la nada que "no vas a conseguir que me de por vencido!", como si una imagen del pasado que nadie más veía se burlase de él con una sádica sonrisa. 

Davron se mostraba preocupado por el estado de Alexander. Valyghar excuso a su amigo apelando a una simple caída desde un árbol muy alto en un intento por obtener una buena vista de las finales del torneo de esgrima. Preguntó por pociones, elementos curativos o algún médico, pero Davron le dijo que carecía de todo ello. Los insumos mágicos que entraban al pueblo solían hacerlo para ser vendidos durante el festival y, tras años de aprendizaje, los comerciantes de Lansdow se habían vuelto expertos en predecir cuanto iba a venderse y evitar así el stock excedente. Había, sin embargo, un pueblerino que solía administrar primeros auxilios cuando algún campesino sufría un accidente. Se trataba de Gard, un escuálido y alto hombre mayor. Vivía en la casa más cerca al molino de agua, en las inmediateces del río que atravesaba el pueblo. 

Valyghar fue a su inmediato encuentro y, aprovechando la emoción que Gard tenía de poder ayudar al famoso León de Argos, lo llevó a que revisase y atendiese a su amigo. Alexander continuaba en plenos desvarios, manteniendo discusiones con sus imágenes del pasado. Tras revisarlo, Gard informó a Valyghar que Alexander no tenía necesidades de primeros auxilios, que estos ya le habían sido administrados. Con amable preocupación, le explicó a Valyghar que estas heridas no se parecían en nada a las infligidas por caer de altos lugares y que parecían, más bien, producto de una pelea callejera. Sin embargo, Alexander estaba perfectamente estable, si bien parecía sufrir de una "contusión cereberal".

Nuestros aventureros durmieron como pudieron. El dolor de las lesiones no permitía que Alexander durmiese por demasiado tiempo y cada vez que se despertaba, la imagen del pasado, parecía volver a acecharlo burlona y silenciosamente... lo cual terminaba por despertar a Valyghar en cuanto Alexander comenzaba a arrojar objetos hacia las paredes sin motivo aparente.
Despertaron, cansados, terminando la mañana de su cuarto día de viaje con el ruido del viento golpeando furiosamente las persianas contra la ventana. El clima era verdaderamente lamentable, con una tenue luz grisácea entrando por la ventana y una temperatura curiosamente baja.

Valyghar salió, nuevamente, a intentar suerte y conseguir pociones curativas para su amigo. Pero no encontró tiendas en el mercado, sino una congregación de pueblerinos discutiendo preocupadamente su situación. Si bien el invierno había, oficialmente, terminado, una gigantesca tormenta parecía venir desde el Mar de las Escamas. Y no era simplemente cualquier tormenta, se trataba de la tormenta más grande y fuerte que los habitantes de Lansdow habían visto en sus vidas. Arcadia es, por definición, un reino sereno y apacible. Si bien los chaparrones y tormentas son tan habituales como en cualquier otro sitio, el reino goza de una suerte de inmunidad a las grandes calamidades. Sus habitantes desconocen por completo incluso los más comunes desastres naturales como las pestes, sequías e inundaciones. Lo cual, sumado a la de por si escaza presencia de monstruos en el descampado, torna ha tornado a sus gentes en tranquilas...e inexpertas. 
Lansdow, en partícular, carece (como la enorme mayoría de los pueblos del reino) de cualquier tipo de vallado o murallas exteriores, y tiene la particularidad de estar construido sobre la ladera de un río. Ahora, falto de todo tipo de medidas preventivas y encarados con la posibilidad de enormes precipitaciones, los pueblerinos comenzaban a asustarse frente a la muy probable posibilidad de que  el río se desbordase y se produjese una inundación. 

Posada de la Bota Roja
Varios mercaderes decían que las preocupaciones eran exageraciones y que se trataba únicamente de una tormenta más. Pero Gard llamaba la atención sobre el modo en que el cauce del río ya estaba comenzando a crecer y aviolentarse. Aún así, muchos intentaban tranquilizar al resto diciendo que "¿Qué es lo peor que podría pasar? ¡Es solo agua!" y cosas por el estilo. Davron, un tanto preocupado, mantenía una posición neutral, diciendo que no hacía falta angustiarse...pero que la Posada (con su segundo piso) estaría abierta en caso de que fuese necesario refugiarse sobre el nivel del suelo. Entonces se le pidió consejo a Valyghar. Éste jamás había escuchado que una inundación tuviese lugar en Arcadia y procedió a tranquilizar a los pueblerinos, si bien les indico (tal vez más para tranquilizarlos con alguna ocupación) que podía cavar zanjas cerca del río para más seguridad. Luego, tras asegurarse que no conseguiría lo que buscaba, procedió a juntarse con Alexander (que, en ese momento, estaba ya alistando los caballos para el viaje) y partir de Lansdow. 

Gard y Davron insistieron una vez más en que Valyghar y Alexander se quedase en Lansdow hasta que la tormenta pasase, sin pagar su estadía si esa era su preocupación. Dibujándose en la lejanía, la tormenta se veía lo suficientemente feroz como para retrasar cualquier viaje de cualquier modo, y Alexander no estaba en condiciones de enfrentar tan duro clima en el descampado. Pero Valyghar rechazó, una y otra vez, las generosas preocupaciones y ofertas. El capitán de Argos era consciente de que habían estado viajando durante cuatro días y que en algún punto impreciso del quinto día, el Capitán Madwick partiría de Portuaria. Madwick había sido quien, dos años atras, había traído a Denkel hasta la Bahía Dentada, dejándolo en Fondaría y, según Grognard le había dicho en privado, seguramente sabría algo sobre los propósitos o posible paradero del hobbit. 

Portuaría se encontraba a, aproximadamente, unas 15 o 20 millas de Lansdow, es decir, unos 24 o 32 kilómetros. En condiciones óptimas, y siguiendo el camino, tal distancia podría haber sido fácilmente cubierta por los caballos de guerra pesados de los aventureros en menos de una jornada. Pero, tras haber avanzado las primeras cinco millas en mas o menos una hora, Valyghar y Alexander comprendieron que tal no sería el caso. Frente a ellos, como dando una suerte de última advertencia, una enorme nube grisacesa de tormenta y nieve tapaba por completo la visibilidad. Los gélidos vientos, fuertísimos y cada vez más iracundos, ya transportaban polvo y frías gotas de agua y nieve hacia los trémulos cuerpos de nuestros personajes. Pero ellos no se dejaron amedrentar y continuaron su camino, hacia la tormenta. 

No pasó demasiado tiempo antes de que estuvieran total y completamente envueltos por la furiosa tormenta. Las bajas temperaturas (de, aproximadamente, unos -10° C) mordían desalmadamente los cuerpos de los aventureros, mal equipados (con sus trajes de montaraces) para enfrentar el frío.  Por otro lado, el ensordecer ruido del viento y la lluvia dificultaba mucho la comunicación, obligandolos a tener que gritarse con fuerza, incluso estando uno al lado del otro. El paso, además, se veía severamente entorpecido por la gran cantidad de nieve que parecía haberse juntado en el descampado, formando en un modo inexplicablemente veloz una capa de cerca de medio metro de altura. Finalmente, la visibilidad era prácticamente nula, y solo hacía falta separarse algunos metros para perder toda señal del otro. 

Demasiado tarde como para arrepentirse, los verdaderos problemas comenzaron. Con los vientos huracandos en contra y la espesa nieve debajo, los caballos parecían haberse fatigado más de la cuenta. Cuando una ráfaga particularmente fuerte de viento obligó a los aventureros a aferrarse fieramente a sus monturas, una de ellas se mostró demasiado exhausta y se rehúso a seguir avanzando. Se trataba del caballo de Valyghar, quien muy pronto notó como su compañero seguía avanzando, sin conocimiento del imprevisto sufrido por su compañero. Los gritos de Valyghar se perdían por completo en el ensordecedor ruido de la tormenta, y también se habría perdido Alexander de no haber sido porque la siguiente ráfaga de viento demostró ser demasiado fuerte paras las débiles ataduras que sostenían sus raciones de viaje. Bolsas y paquetes salieron volando de su montura, cayendo algunas en la inmediata nieve, prontas a ser tapadas, y siendo otras disparadas en dirección a Valyghar, quien tuvo que esquivarlas con leves movimientos de cabeza. Fue entonces cuando Alexander volteó para observar sus cosas salir volando por los aires y vio a su compañero en el límite de lo que su escaza visibilidad le permitía. 

Pero entonces los caballos se pusieron aún más nerviosos, asustados por las condiciones climáticas. Ni Alexander ni Valyghar estaban adecuadamente entrenados para adiestrar animales, mucho menos en estas condiciones. Cuando los caballos comenzaron a relinchar e intentar librarse de sus jinetes, lo mejor que pudieron hacer fue intentar amortizar la caída. Alexander tuvo éxito, haciendo una de sus características piruetas para caer de pie en la nieve. Pero la pesada armadura de Valyghar le quitó tal suerte, obligandolo a caer de espalda en la nieve, hundiéndose en su frío y húmedo abrazo. Mojado y con nieve dentro de su armadura, el frío afectó a Valyghar, quien comenzó a sentirse particularmente fatigado a causa del frío, entumecido y mareado.
El caballo de Alexander comenzó a irse en alguna dirección aleatoria, hacia la espesa bruma que era la tormenta y este dudó un poco antes de dejarlo ir para re-encontrarse con su amigo, que, con gran esfuerzo, había conseguido sujetar su respectiva montura. Pero rápidamente se dieron cuenta de que una montura era insuficiente para ambos, y que no podrían mantenerla bajo control en estas circunstancias. Peor aún: todas las provisiones acaban de perderse y no tenía mucho sentido gastar las pocas fuerzas que quedaban en cargar con un animal asustado. Con gran pesadez, optaron por simplemente dejarlo ir y así quedaron, solos y a pie, varados en lo que parecía ser una impenetrable muralla gris de agua y nieve. 

Alexander había procurado mantener firme el rumbo cuando la visibilidad había comenzado a empeorar drásticamente. Pero, entre las volteretas varias que habían dado y sin ninguna marca clara con la cual guiarse, los aventureros se encontraban ahora sin ninguna idea en lo absoluto de hacia donde ir. Y así, sin ningún signo de que la tormenta fuese a amainar pronto, los aventureros intentaron atravesar la ventisca en una dirección aleatoria. 
Durante dos horas padecieron un extenuante avance en la alta nieve y bajo la fuerte tormenta y poderosos vientos. Avance que apenas les ganó una milla de progreso, y en el cual el frío (cada vez más presente) consiguió afectar también a Alexander (quien probablemente habría caido abatido por él de no haber encontrado previamente entre sus pertenencias una poción que había olvidado que tenía). El único visible cambio o progreso había sido que, tras bajar por una pendiente ligeramente inclinada, habían entrado en una zona que, sin ser boscosa, gozaba de árboles en abundancia. 

Fue entonces cuando los aventureros creyeron escuchar una suerte de murmullo cercano, que pronto fue aumentando para tornarse un sonido atronador. Una gigantesca sombra salió como de la nada y se abalanzó sobre Alexander y Valyghar. Mientras el primero tuvo el buen reflejo de esquivar la sombra de un salto, Valyghar se encontraba demasiado entumecido y recibió de lleno la embestida de lo que, ahora, se mostraba como el pesado tronco de un gigantesco árbol.
Valyghar quedó derribado, hundido bajo la nieve y el lodo que rápidamente lo tapaban por completo y le impedían respirar, y apresado por el pesado árbol que había caído a la altura de su pecho.  Alexander buscaba en vano a su compañero entre la uniforme capa de nieve, mientras éste intentaba también en vano levantar el árbol por su cuenta, evitando ceder a la sofocación.
Pero Valyghar pronto comprendió que no podría levantar el árbol por si solo y comenzó a buscar formas alternativas de liberarse. Si bien tenía los brazos libres, su espada bastarda era demasiado grande como para poder blandirla en esta circunstancia. Pero tal no era el caso de su otra arma, la mágica Espada Solar que el Juez de Argos le había otorgado por sus proezas contra Ventisca. Las propiedades mágicas de esta espada, junto a los particulares materiales de los que estaba hecha y a su curiosa consistencia, la hacían más ligera y manejable que sus contrapartidas mundanas. Con furioso esfuerzo Valygar arremetió contra el duro árbol, cortándolo por completo de un lado y levantándose triunfal entre la nieve, tomando fuertes bocanadas de aire. 


Pero, lamentablemente, lo peor solo estaba por llegar. Mientras Valyghar luchaba por liberarse y Alexander intentaba asistirlo frenéticamente, el arquero había divisado unas sombras moverse en los límites de lo que la tormenta le permitía ver. Sin prestarles demasiada importancia al principio, había comenzado a preocuparse cuando las mismas sombras parecían re aparecer una y otra vez, dando vueltas a su alrededor. Fue solo un momento antes de que los aventureros comprendieran lo que estaba pasando, que dos enormes lobos salvajes salieron de entre la tormenta y les ganaron ferozmente la iniciativa a nuestros aventureros, propiciándole un fuerte mordisco a Alexander en una pierna. Otros dos lobos surgieron a los pocos instantes y pronto los guerreros enfrentaban, para sorpresa de Valyghar, a cuatro hambrientos animales. Y es que, como bien había aprendido el capitán durante sus dos años en la Bahía Dentada, si bien los lobos eran parte del ecosistema del lugar, solían mantenerse lejos de los caminos, cazando en los bosques y manteniéndose intencionalmente apartado de los viajeros y de los humanos en general. Toda la situación, desde la brutal tormenta, al extendido invierno, al agresivo comportamiento de los animales, parecía completamente fuera de lugar en la Bahía Dentada. 


El combate que se desarrolló fue feroz. Valyghar le arrojó a Alexander un arco que portaba para que éste pudiese defenderse, pero los incesantes ataques de los animales obligaban al arquero a mantenerse a la defensiva, intentando treparse a unos cercanos árboles para salir del alcance de los implacables mordiscos. Haciendo uso de su mágico anillo de saltar, Alexander intentó alcanzar la copa de un árbol de un prodigioso salto. Pero, incluso cuando alcanzó los dos metros y medio de altura, la alta copa del árbol se mostró fuera de su alcance, y Alexander fue tumbado y desplazado por el gélido viento de nuevo a la nieve. Valyghar, por su cuenta, desenfundó su otra espada y recibió de lleno la carga de los feroces animales. Esquivando algunos mordiscos y recibiendo otros, el Capitán de Argos desencadenó toda la fuerza de su característico ataque de hendedura, aquel que hubiese usado contra hordas de gnolls en el pasado, con los mismos efectos devastadores. 
Para cuando un malherido Alexander finalmente conseguía ponerse fuera de peligro, trepando exitosamente a un árbol, Valyghar ya había conseguido despachar a la mayoría de los lobos, prosiguiendo a acabar rápidamente con el último que quedaba. 

Quedaba claro ahora que, bajo estas condiciones, el grupo no podía seguir avanzando. Decididos a buscar un refugio, Alexander utilizó lo aprendido en su entrenamiento en los bosques para intuir que, de haber algún sitio donde pudiesen resguardarse, tal sitio se encontraría en la ladera de la pendiente que acaban de pasar, la cual era ligeramente visible desde el árbol donde Alexander se encontraba. Ambos guerreros se apresuraron a volver sobre sus pasos y comenzaron a tantear la pendiente en búsqueda de cualquier abertura, hueco o madriguera lo suficientemente grande como para albergarlos durante la tormenta. Y sus esfuerzos fueron recompensados. Ligeramente escondida entre las rocas y árboles, existía una pequeña abertura, suficientemente grande como para que un hombre entrase agachado. En el interior, la abertura da a una caverna que desciende levemente en la oscuridad. Lo que comienza siendo un declive natural, pronto da lugar a una suerte de escalones viejos y descuidados, rústicamente esculpidos directamente sobre la tierra. Finalmente, el leve descenso se detiene, y los aventureros llegan a una suerte de caverna, donde el ruido y la tenue luz que llegaba de afuera termina de perderse y la oscuridad gana terreno. 

El lugar se ve, de momento, seguro y Valyghar, deseoso de ver un poco, se apresura a intentar prender las antorchas que cargaba consigo. Pero el intento falla: todas las antorchas se mojado y desarmado irremediablemente por culpa del agua, la nieve y la tormenta. También la linterna de ojo de buey que llevaban se ha echado por perder y, con ella, cualquier posibilidad de generar luz para alumbrar la caverna...¿o no?. Unas breves palabras de lenguas extrañas resuenan con el eco de la caverna y, antes de que Valyghar pueda preguntar que está pasando, un foco de brillante luz se forma en la mano de Alexander, para posarse luego sobre una de las apagadas antorchas.
Valyghar lo mira atónito, comprendiendo de inmediato lo que está ocurriendo y demandando, sin embargo, una explicación. Se trataba de magia, un tipo de prohibido de accionar para el cual Valyghar bien sabía que Alexander no poseía los necesarios permisos. Pero, además, se trataba de una expresa y directa traición a la vigilante confianza del guerrero. 

- "Puedo hacerlo desde que estuvimos en Tunelaria. Algo en la obscuridad del lugar debe haberlo desencadenado. Pero yo no soy el único que puede hacerlo, Valyghar, todos los habitantes de Arcadia pueden hacerlo."- dijo Alexander.
Pero Valyghar lo miró a los ojos y se limitó a responder: - "Tienes razón, Alexander. No podemos confiar el uno en el otro."- 
- "¡No es la primera vez que me has visto hacerlo! ¡Hemos hablado ya sobre las visiones que tengo desde niño! ¡Utilicé magia para darle el golpe de gracia a Ventisca y lo sabes!" -
Pero Valyghar hizo caso omiso. Atónito como estaba, desvió la mirada y tan respondió en un pesado y acongojado tono - "...debo entregarte. Debo delatarte ante el Orden." -

La "caverna" se mostraba ahora como una sala cúbica, rusticamente excavada de la tierra misma. Lo que Valyghar rápidamente identifico como la mitad de los oxidados restos de un posador de antorchas eran el único decorado que adornaba una de las paredes. Unas marcas en el suelo, como si alguien hubiese arrastrado carretillas por el desnudo suelo, terminaban de confirmar la presencia de humanoides en este lugar. La espesa capa de polvo que cubría todo, por otro lado, delataba los muchos años que habían pasado desde que dichos humanoides hubiesen estado aquí por última vez. Mirando hacia la entrada de la caverna, y a la densa malesa que la nieve había aplastado, quedaba ahora claro que esta caverna pasaría completamente desapercibida en un día normal y que su entrada, probablemente, estaría totalmente tapada por vegetación y piedras... sin contar los esfuerzos extra para esconderla. El lugar, pudieron rápidamente intuir los aventureros, era un escondite de algún tipo. 

Quedaba ante ellos el incomodo silencio que la revelación de Alexander había traído aparejado, los fríos espamos que perduraban en el cuerpo tras la tormenta, y la elección de esperar a cubierto o adentrarse en la obscuridad, a través de las otras dos aberturas que ahora podían ver en la pared. 

Notas para recordar:
  • Los habitantes de Lansdow estaban consternados por la posibilidad de una inundación
  • Valyghar y Alexander se aventuran en una inmensa tormenta y pierden sus caballos y provisiones
  • El clima y el comportamiento de los animales es muy diferente al habitualmente observado en la Bahía Dentada
  • Alexander utiliza el hechizo de luz, haciendo magia por primera vez frente a Valyghar
  • El grupo llega a la caverna durante la tarde del 4° día de viaje