miércoles, 30 de enero de 2013

[D&D-A] - ¡Aracnofobia!

En esta entrada reveo la sesión del 17/1/2013, en la cual los aventureros son acorralados por interminables hordas de monstruosas arañas. Desesperadas batallas, persecuciones entre cavernas, importantes pérdidas y, finalmente, la llegada a los lindes de Portuaria.


Habíamos dejado a nuestros héroes en el interior de una pequeñísima cueva cónica, accesible únicamente atravez de una delgada grieta en una pared del comedor de un refugio subterráneo abandonado. Espesas telarañas cubrían las paredes y el suelo y una docena de pequeños agujeros se esparcían por todo el perímetro. Valyghar, desprovisto de su armadura (la cual había tenido que dejar al otro lado de la grieta para poder deslizarse por ella), había notado que algo brillaba bajo la espeza telaraña. Arrancando una mano esquelética de las sedoas cadenas, se había echo con un curioso y ostentoso anillo... pero las vibraciones que esto había generado en la red de telarañas había generado una alarma de incalculable alcance.
Ahora, entendiendo de golpe su predicamento, los herídos, cansados y mal equipados aventureros se encontraban atrapados en la pequeña cueva, rodeado de lo que parecían ser decenes de arácnidos tan grandes como un hombre. Salían de cada uno de los agujeros de las paredes, y no solo de allí: el angosto acceso a la cueva también era fácilmente maniobrado por la amenaza arácnida, bloqueando la única salida posible.

Las arañas habían ganando la sorpresa y la iniciativa. Ya fuera deslizandosé a toda velocidad de sus sedosas telarañas, trepando por las paredes o escurriendose desde la grieta, decentas de ellas se avalanzaron sobre los aventureros, cuya sorpresa les había impedido siquiera desenfundar sus armas. Pero eso no implicó que Alexander y Valyghar simplemente se resignaron a recibir los ataques, y las primeras arañas en acercar sus ponzoñosos colmillos fueron repelidas por los puñetasos de Valyghar y por los garrotasos que Alexander daba con su antorcha mágicamente encendida.
Sin embargo, los grandes reflejos y ocurrencias de los aventureros no fueron suficientes para neutralizar la amenaza. Cansados, heridos y despojados de su equipo, los que otrora hubieran sido enemigos sumarios y fácilmente destruíbles resultaban ahora amenazas mortales. Valyghar fue el primero en tomarse la situación con la adecuada seriedad, desenfundando su espada solar mientras alejaba a los arácnidos atacantes con su mano libre. Alexander quiso hacer lo mismo con su arco, pero Valyghar siemplemente se rehúsaba a sostener la herética antorcha, y la situación no era propicia para volver a las discusiones filosóficas. Resignado, Alexander desenfundó su propia espada...solo para comprobar en carne propia lo dificil que era blandirla y lo poco acostumbrado que estaba a utilizar este tipo de armas.

Pero nada de esto era de gran relevancia para los inagotables enemigos, que constantemente aumentaban sus números entre agudos chillidos y el repiqueteo de sus muchas patas. De diferentes colores y tamaños, la progenie arácnida se unificaba unicamente en su naturaleza feroz y aberrante. Con grandes ojos, peludos cuerpos y afilados colmillos, los insectos saltaban sobre los aventureros buscando el flaco que estos dejaran expuesto, intentando dar un ponzoñoso mordisco para infiltrar un poco de su venenosa baba verdosa antes de ser empujados o descuartizados por los guerreros. 
La primer reacción de Valyghar y Alexander fue ponerse espalda-con-espalda, minimizando los flancos expuestos y dándose covertura mutuamente, pero esta táctica pronto evidenció sus falencias cuando los números, aparentemente infinitos de arañas, continuaron aglutinándose a su alrededor. No es que los guerreros tuvieran gran dificultad impactandolas mortalmente (a excepción del ocasional fallo de Alexander), y rápidamente el suelo y las paredes se cubrieron de la verdosa sangre del enemigo y de esquirlas de sus caparazones. Pero por cada araña que derribaban, tres tomaban su lugar y, a mera fuerza de número y tozuda insistencia, algunas de ellas conseguían infligir ligeras heridas en los (de por sí heridos y agotados) guerreros.

Se hizo evidente que los aventureros no saldrían victoriosos a largo plazo: un cambio de estrategia se hizo necesario. Utilizando su segunda espada (obsequio de su primer oficial) para detener los golpes, Valyghar cuidaría la retaguardia de Alexander del mayor número posible de arañas, mientras este iría ganando terreno y acercándose a la grieta, matando los insectos que se interponían en su camino.
Como una suerte de respuesta sádica al cambio de estrategia, las arañas también develaron nuevos trucos y apenas los guerreros se pusieron en posición especímenes particularmente grandes, largos como caballos y más altos que un hombre, comenzaron a descender por las paredes. Estas variaciones, más grandes, feroces y resistentes que sus parientes "pequeños" (los cuales, de por si, eran monstruosamente grandes) arremetieron con salvaje ferocidad contra Valyghar, muchas veces en combates de tres contra uno.
Fue en ese momento cuando una araña, aprovechando un descuido causado por el ataque de una compañera, consiguió dar un profundo mordisco en el muslo del León de Argos. El efecto de su veneno corriendo por las venas del venerado guerrero se hizo manifiesto inmediatamente, haciéndole sentir a éste que todo su equipo era mucho más pesado y debilitando la fuerza de su golpes.
Pero Valyghar no se dejó intimidar y, sacando a relucir la fuerza interna de la que tanto se hablaba, descuartizó con ferocidad a sus enemigos. Una y otra vez, la técnica de combate dual que el guerrero había aprendido del cruzado dragón Kalivan y que había usado en tantas batallas antes atravezaba las filas enemigas, derribando grandes cantidades de arañas en apenas unos instantes.

Fue en medio de la gran carnicería que Alexander consiguió desbloquear la grieta y, cambiando lugares con su gravemente herido compañero, consiguió la ventana de oportunidad que necesitaba para tomar su arco. Acomodando la antorcha en su mochila, de forma que permitiera dar algo de luz, Alexander dió veloz muerte a los arácnidos rivales antes de que estos pudieran recuperar terreno por la retaguardia. Poco importó que el abandonado comedor al que daba la grieta se encontrara ahora infestado de la plaga enemiga, ni que más estuvieran llegando desde los barracones que habían visitado hacía tan solo unos momentos: los peludos cuerpos de los arácnidos volaron por los aires atravesados por las silvantes flechas del arquero, clavandose en paredes, mesas...y otros enemigos.

Pero, en aquel momento, Valyghar vió algo que le llamó horriblemente la atención. Su armadura, tesoro obtenido en el infierno subterráneo de Tunnelaria y que, según creía, había sido portada por los guardianes de antaño en los primeros días de Arcadia, se encontraba ahora completamente envuelta en la telaraña de un arácnido que, diligentemente, la arrastraba detrás suyo mientras abandonaba el comedor.
Valyghar se apresuró a confrontar al arácnido, corriendo desesperadamente tras él y descuartizando a todo enemigo que lo detuviese. Pero, para el momento en que se encontraba entrando en la penubra que rodeaba el pequeño radio de la antorcha-magica, el León de Argos sintió como si chocara con una manta invisible y se enredase, quedando frustradamente suspendido en el aire. Mientras intentaba romper la red con lo que quedaba de su fuerza, Valyghar podía observar como su armadura se perdía rapidamente en la penubra, al tiempo que gritaba a su compañero que acercase la luz para continuar con la caza.
Alexander tardó unos momentos en llegar donde su compañero,  mientras daba los golpes de gracia a las últimas arañas que quedaban y causaba con ello que las demás huyeran despavoridas. Para cuando finalmente pudo acercarse y ayudarlo a liberarse de la cuasi-trasparente telaraña que tapaba la salida del comedor, no quedaba rastro alguno de la diligente araña-ladrón.

Ambos aventureros se encontraban agotados y heridos, pero perder esa armadura simplemente no era una opción. Sin perder un momento en recuperar el aire, ambos avanzaron tan rápido como pudieron...aunque manteniendo algo de cautela para buscar atentamente los posibles puntos de nuevas emboscadas.
Tras atravesar una sala vacía, en la cual supieron encontrar un rastro de la armadura siendo arrastrada, los aventureros llegaron a una nueva habitación, llena de cajas rotas de madera putrefacta. La habitación tenía dos salidas, además del punto por el que ellos había entrado y sus paredes parecían ser las menos retocadas  por manos humanas hasta ahora. Una de las salidas, que daba a una pequeña rampa, parecía dirigirse hacía donde había entrado originalmente. La otra, dibujada directamente en piedra virgen, demostraba ser el acceso a una red de túneles subterráneos incluso más profundo. La única modificación parecía haber consistido en unos rústicos escalones desigualmente tallados en la piedra, y en una versión  del desdibujado mapa que los aventureros habían encontrado previamente, permanentemente grabada junto a la salida. Junto a él se encontraba la inscripción "Seguir las flechas", y con gran pesar descubrieron los guerreros que éste había sido el camino que el aracnido ladrón había tomado. Tras tomar unos momentos para corregir su versión del mapa, Valyghar y Alexander respiraron hondo y se adentraron en las rocosas profundidades.

La versión orignal del mapa, a petición de Alexander, con "ponzoñosa" y "arboleda"
mal escritos.
Se encontraban ahora en una serie de túneles y cavernas naturales, con duras paredes de piedra maciza. La fisionomía del terreno cambiaba con caótica regularidad, pero en líneas generales se trataba de túneles (de variable altura y ancho) en una dirección relativamente recta.
En un comienzo mantuvieron el paso acelerando e intentaron darle caza a la araña a la carrera. Sin embargo, pronto llegaron al límite de sus fuerzas sin haberse topado con más que pequeños rastros aquí y allá. Cada vez que llegaban a una clara bifurcación se debían demorar un momento, buscando minuciosamente el más pequeño rastro que delatara la dirección tomada por la araña. Una diminitua marca en la roca, opuesta a una capa de denso polvo, les permitió eludir la primer bifurcación. Un anillo de la cota de la malla interna a la armadura, los oriento en la segunda. Pero el camino parecía interminable y los agotados guerreros se descubrieron caminando durante horas en la obscuridad. Fue en algún punto de este recorrido en el cual consiguieron atar todos los cabos sueltos y finalmente comprendieron donde estaban: el mapa que habían encontrado (y que, en múltiples ocasiones había intentado hacer encajar con las habitaciones del escondite) correspondía, en realidad, a la red de cavernas subterráneas. Resultaba ahora claro que el escondite que los rebeldes ocuparan durante el anómicus había sido construido o remodelado sobre la base de una red de cavernas naturales, que les permitiría moverse entre Portuaria y Lansdow sin exponerse. De ser así, podían esperar encontrar una conveniente salida hacia portuaria al final de todos estos túneles, llegando justo a tiempo para encontrarse con Madwick antes de que zarpe.

Varias horas caminaron, completamente extenuados y agotados. Pero sus esfuerzos serían (en cierto modo) recompensados. Cuando los aventureros llegaron a la enorme caverna que constituía la tercer bifurcación (el número 3 en el mapa), el ruido del metal delató a la ladrona araña en el momento mismo en que se disponía a ingresar por un pequeñísimo agujero que colgaba en el techo, a muchos metros de altura. Colgando de ella, envuelta por completo en una sedosa bola blanca, la mágica armadura que Valyghar había obtenido en Tunnelaria colgaba cual péndulo, chocando ocasionalmente contra las estalactitas de la caverna.
El tiempo apremiaba: el techo irregular de la caverna y el angosto agujero por el que el insecto se escabullía le daban una cobertura ideal contra los disparos... y, sin embargo, no habría forma de rastrearlo una vez se metiera allí dentro. Todo el peso caía sobre Alexander y el único disparo que el tiempo disponible le permitía efectuar. Sacó presuroso su arco y lo tensó con una flecha. Apuntó durante apenás un segundo...¡y soltó la silvante flecha en las profundidades de la caverna! Pero la iluminación era mala y el terreno traicionero, y lo que parecía un tiro certero impactó antes de tiempo con una saliente rocosa. El ruido del impacto asustó aún más a la araña, que apresuró el paso...para perderse por completo de toda vista.

Los aventureros se encontraban abatidos. Heridos, cansados, envenenados, sufrían ahora una nueva derrota. Rehusándose a ser vencidos con tanta facilidad, intuyeron (en base a la dirección del agujero y al mapa que tenían) que la araña debía estar dirigiéndose a alguna suerte de nido, posiblemente localizado en el punto del mapa con la leyenda "¡Peligro!". Emprendieron la larga caminata hacia allí, pero una y otra vez los túneles parecían advertirles lo fútil de sus intenciones. Trepando en altura por laderas escalonadas y escabulliendose por túneles cada vez más angostos, los aventureros comenzaron a encontrarse con cantidades cada vez más abundantes de telaraña. Sacos de telaraña colgaban del techo conteniendo los cadáveres semi-putridos de murciélagos grandes como caballos, y blancuzcos agujeros en los techos y paredes advertían la posible repetición de la emboscada que había comenzado con todo esto.
Cuando finalmente atravesaron (con una proeza de sigilo) el túnel circular, íntegramente cubierto de telaraña en toda su extensión, que daba a la caverna marcada con "¡Peligro!", ambos aventureros ya se encontraban reconsiderando toda la empresa. Encontrándose al borde del desmayo, Valyghar y Alexander no estaban en condiciones de sobrevivir otro asalto arácnido. Lo que era peor, desde los bordes del túnel la caverna adyacente se mostraba gigantesca, demasiado grande como para ser el nido de un grupo regular de arañas. Las sombras que se movían en la obscuridad amenazaban con la posibilidad de una araña de titánicas proporciones, defendida por una extensa progenie.
Valyghar y Alexander tan solo necesitaron cruzar sus silenciosas miradas, acurrucados como estaban en ese túnel pesadillesco, para entender la situación. Por lamentable que fuese, en las deplorables condiciones en las que se encontraban, había una única alternativa, un único curso de acción realizable. Llenos de frustración e impotencia, los aventureros debieron abandonar sus preciadas pertenencias y, en absoluto silencio, volver sobre sus pasos.

Durante largo tiempo avanzaron en completo silencio, retrocediendo hacia la última bifurcación para dirigirse hacia la salida. Un nuevo túnel y otro profundo silencio les dieron tiempo para pensar en la seguidilla de fracasos que parecían estar sufriendo. Desde su salida de Argos, hacía tan solo cinco días, Valyghar y Alexander habían sido derrotados en múltiples ocasiones y perdido útiles piezas de equipo, ambas de muy importante valor sentimental. ¿Qué significaba todo esto?
Tal vez serían estos pensamiento lo que, cuando finalmente llegaron a la próxima caverna (marcada con un 6 en el mapa), los distrajeron de chequear sus entornos. O, tal vez, fueran las profundas heridas, el cansancio acumulado y la extenuación general lo que había terminado por entorpecer dramáticamente su paso.
Se cual fuera el caso,  los aventureros finalmente arribaron a la próxima caverna y, tras descender por una pendiente escalonada, cometieron el error de levantar su antorcha mágicamente encendida para iluminar el lugar. Colgados del techo, un centenar de trémulos murciélagos gigantescos (de la misma progenie que antes habían visto capturados en las telas de araña) levantaron al unisono la cabeza y abrieron sus enormes ojos negros. Ignorantes por completo de cualquier tipo de luz, el débil fulgor de la antorcha perforaba sus ciegos ojos como si se tratase del centellar de mil soles.

Valyghar y Alexander no llegaron a reaccionar antes de que los monstruosos murciélagos que habían despertado estuvieran revoloteando, por centenares, en los techos de la caverna. Viendo la salida de la caverna en el extremo opuesto, sobre una pendiente, los aventureros juntaron sus últimas fuerzas para intentar la fuga. Pero sus fuerzas eran escasas y cuando uno de los alados atacantes se abalanzó sobre Valyghar, este estaba simplemente muy cansado como para evadirlo. Tomándole de sus hombros con sus enormes garras, la bestia alada levantó a Valyghar por los aires, pero lo soltó con un chillido de dolor cuando Alexander acertó una certera flecha en una de sus alas. Cayendo de una gran altura, Valyghar amortiguó la caída con un acrobático roll y consiguió continuar la fuga.

Pero nuevos inconvenientes se presentaron a nuestros aventureros, cuando la "pequeña pendiente" tras la cual estaba la salida resultó ser considerablemente más alta de lo que parecía. Haciendo uso de su anillo mágico, Alexander pudo dar un veloz salto que le ganó la mitad del camino hacia lo alto, dejadolo bien parado en una pequeña saliente de la muralla. Pero Valyghar simplemente no contó con tanta suerte, y las piedras de las que se intentaba sujetar para trepar la muralla de roca virgen parecían deshacerse en sus manos. Una bandada de murciélagos arremetió contra los aventureros en aquel momento, aprovechando el tiempo que estos perdían intentando escalar la pared. Fue el intelecto, más que la puntería, lo que sirvió a Alexander en esta ocasión y, tras utilizar sus habilidades mágicas para imbuir una de sus flechas con mágica luz, la envió silvante a clavarse en el pecho de uno de los peludos animales. Como esperaba, la luz molestó al resto de los murciélagos, que comenzaron a revolotear nerviosamente a su alrededor.
Pero no todos los murciélagos gigantes habían sido desviados por la "cegadora" luz y, cuando Valyghar volvió a fallar en su intento de trepar (¿estaba el veneno ganando terreno?), un feroz espécimen se abalanzó de lleno sobre ellos. No hubo otra opción más que darle muerte a la bestia y una encarnizada batalla se dio entre los cansados guerreros y la criatura del sub-mundo, bajo la luz parpadeante que revoloteaba por los cielo, colgada de uno de tantos murciélagos chillones.

Cuando la criatura finalmente fue eliminada, y las últimas fuerzas de los guerreros fueron usadas en escalar la pared, una última calamidad se cruzó en su camino. Lo que, de lejos, parecía un túnel de salida terminaba ahora abruptamente en un pared de roca maciza. Una pequeña grieta en su base prometía una salida a al tunel que los llevaría a Portuaria, pero escabullirse por ella demandaría unos momentos que los guerreros simplemente no parecían tener. Veloz y chillante, un enorme murciélago totalmente blanco, del doble de tamaño que todos los demás, venía en linea recta hacia ellos.
Determinado a ganar tiempo, Alexander tomó de su carcaj una flecha mágica que venía guardando hacía tiempo, esperando la situación adecuada, y la disparó directo hacia el corazón de la bestia blanca. Pero su destreza parecía superar en mucho su tamaño, y el gigantesco murciélago albino evadió la flecha con un preciso movimiento de sus alas. Sin embargo, la suerte aún no estaba echada: perdida en dirección a la agitada nube de murciélagos gigantes, la flecha mágica impactó en uno de ellos y descargó sobre él un poderoso hechizo de dormir. La bestia cayó por los cielos y, con el envión y dirección de la caída, ¡chocó de lleno sobre el gigantesco murciélago blanco, desviándolo por completo!
Los aventureros aprovecharon el tiempo ganado y escaparon por la grieta, con el tiempo suficiente para ver como el gigantesco murciélago blanco despedazaba en el suelo a la desafortunada bestia que lo había chocado.

Hizo falta más que un momento para que Valyghar y Alexander recuperaran el aire, al otro lado de la pared. El resto del viaje por los cavernosos túneles fue lento, silencioso y angustiante. Afortunadamente no se cruzaron con ningún otro depredador que hubiese podido complicarle las cosas (y, en su lamentable estado actual, probablemente acabado con ellos). La siguiente caverna resultó estar deshabitada hacía mucho tiempo , y el final del túnel los recompensó con la primer visión del cielo estrellado que hubieran visto en todo el día: alto en el techo de la última cámara, al final de una rampa espiralada, un agujero en el techo permitía ver el cielo y, con él, la salida.
Avanzaron por la rampa, sintiendo la briza de aire fresco que emanaba desde la superficie. Cuando finalmente salieron de las cavernas la infernal tormenta que los había lanzado a explorar las profundides ya había pasado hacía mucho. Ahora podían ver las costas de la Bahía Dentada a lo lejos y oír el susurro de las olas incesantes. Entre ellos y el mar, una gigantesca (aunque algo desarreglada y sucia) ciudad brillaba con una luz propia, con humo emanando de sus talleres y chimeneas, barcos llegando y zarpando y naves voladoras estacionadas en lo alto de altas torres-puerto. Se trataba de Portuaria.

Notas para Recordar:

  • Alexander y Valyghar encontraron una red de túneles subterráneos que conectan las afueras de Portuaria con algún indeterminado cercano a Lansdow. Los túneles fueron utilizados durante el Anómicus por los insurgentes, pero actualmente se encuentra infestado por arañas y murcielagos gigantes. Dos monstruos destacaron sobre el resto y siguen en los túneles: una araña de titánicas proporciones y un feroz murciélago blanco. 
  • Valyghar perdió la armadura mágica que había conseguido en Tunelaria, en campañas pasadas. La armadura pareciese haber sido llevada a la guarida de la araña mayor. 
  • Los aventureros llegaron a Portuaría, durante la noche del cuarto día de viaje.