domingo, 6 de diciembre de 2015

[D&D-A] - Ataque a Fondaria!

En esta entrada hago un recuento de los eventos ocurridos durante la sesión del 03/05/2015. Una primera mirada al Distrito, la ayuda de viejos personajes, una nueva visión profética, y un climático combate final contra una enorme monstruosidad.


La sesión comenzó con Valyghar llegando, tras algunas horas de viaje, a las calmas tierras de El Distrito. Este pueblo de hobbits, que combina dos de sus estirpes características (la más ligada a los trabajos campestres y, en menor número, la más ligada a los negocios mercantiles) se caracteriza por ambiente tranquilo y ordenado, así como por el generalizado buen trato de sus habitantes. El Distrito se cuentra rodeado por unas pequeñas colinas que le sirven como una suerte de protección natural. Detrás de estas colinas, pero elevándose por encima de ellas, un enorme molino de viento se encarga de procesar los alimentos de la mayoría de los habitantes, así como de generar un pequeño excedente para el intercambio con Dellmid y Fondaria. Un camino de tierra bastante bien cuidado lleva hacia una barrera de piedra y madera que conecta las dos cadenas semicirculares de colinas, y que hospeda en una casilla a un guardia halfling cuya función está más cerca de saludar y orientar a los viajeros, que de proteger el perímetro de cualquier tipo de criatura salvaje. 



Tras obtener  indicaciones sobre cómo llegar a El Harado, la posada de Edwin Gladstone, un Valyghar con su apariencia mágicamente alterada por el anillo camaleónico para aparentar ser un gordito bonachón, continuó viaje hasta llegar a la mencionada posada. Tras ingresar en el amplio recinto de techos considerablemente bajos, y detectar a Gladstone en la barra, el León de Argos se dirigió a la privacidad del baño para alterar allí su forma...lo cual obviamente no evitó la sorpresa del resto de los presentes (todos ellos halflings) que hubiesen jurado haber visto entrar a un humano considerablemente distinto al que ahora aparecía frente a sus ojos. Pero esto no fue demasiado importante, en tanto la mera revelación de Valyghar fue suficiente para que el posadero lo dectectase y, a viva voz, lo invitase a acercarse a la barra (lo cual pareció difuminar cualquier aire de desconfianza que el resto de los hobbits pudiesen tener). 

Valyghar saludó cordialmente al posadero, pero no tardó en aclarar que estaba en una situación un tanto compleja y que necesitaba solicitar sus servicios...en privados. Ambos subieron a las habitaciones de la posada, y se dirigieron en particular a la oficina de Gladstone donde, entre papales, mapas y otros elementos, Valyghar le comentó al hobbit a grandes rasgos su situación. El aventurero venía a solicitar la ayuda del posadero para dos cosas: la primera era bastante sencilla, y consistía en hacerle llegar una nota a Tom Ramgast, juez de Aldaron, en la que se solicitaba su asistencia. La segunda era considerablemente más compleja...e ilegal. Tras asegurarse que Gladstone formaba parte de la Cofradía de Informantes, Valyghar le explicó al hobbit que necesitaba hacerse de una piedra de bloqueo. El capitán de Argos sabía con perfección que la posesión de tal artefacto era ilegal, y entendía que el hobbit estaría corriendo un riesgo suministrandosela, pero su vida realmente dependida de ello...y de que nadie supiese que en efecto se encontraba buscando uno de tales artefactos prohibidos. 

Sin embargo, Gladstone no se vió en lo más mínimo preocupado por la legalidad del asunto. Más bien, lo que le preocupaba era que suministrar tal información debía hacerse en concordancia con los protocolos y métodos fijados por la Cofradía de Informantes...lo cual significaba que no podía (si bien tenía un genuino deseo de hacerlo) simplemente dársela al guerrero humano en agradecimiento por sus favores. Sin embargo, lo que sí podía hacer era ofrecérsela a cambio de un precio nominal...muchísimo menor del que normalmente debería cobrarse. Gladstone se encargaría de arreglar luego los detalles con el resto de la Cofradía. Sin embargo, algunas cosas debían quedar en claro de antemano: Gladstone ofrecería, en tanto miembro de la Cofradía de Informantes, únicamente la localización de la piedra. No se haría responsable por lo que Valyghar hiciese luego con tal artefacto (en caso de obtenerlo) y se encontraba obligado a informarle que los miembros del Orden pagarían una buena suma por la entrega de tal objeto. Pero, por otro lado, Gladstone también se comprometía con mantener el compromiso de neutralidad y secreto que caracterizaba a la Cofradía, y debido a ello le aseguraba a Valyghar que no difundiría el hecho de que este había solicitado sus servicios. 


Valyghar naturalmente aceptó a todo esto, y mientras una discreta pero atractiva (para los estándares hobbits, al menos) moza interrumpía brevemente la charla para dejarle al humano una cena completa a cuenta de la casa, se dispuso a escuchar cuál sería el precio en concreto. "Un códice", explicó Gladstone, "un códice muy particular que debería estar en el mismo lugar que la piedra...si lo dicho por nuestro informante es acertado". El hobbit procedió a explicar que un informante de confianza había señalado que, durante el Anómicus, su unidad había tenido que ser transferida de refugio tras el asesinato del ideologo rebelde Rennan a manos del juez Ramgast. Aparentemente, un gran contingente de rebeldes se habría movilizado a la Isla de los Túmulos, al sur de Fondaria, y había tomado residencia en las catacumbas subterráneas de un templo eregido en memoría y honor a los Keleveck, una familia noble que pre-databa la fundación del reino. El relato se volvía un poco más confuso a continuación, pero parecía ser el caso que "algo" habría ocurrido en el refugio, y el informante en cuestión se habría visto obligado a escapar. Antes de hacerlo, sin embargo, habría visto como el resto de sus compañeros habían caído presas de lo que solo podía describirse como un ataque de muertos vivientes. Gladstone no sabía que tan fiable era esta segunda parte...pero lo que sí parecía bastante seguro es que las posesiones materiales de los rebeldes debían seguir en el escondite. Y, en particular, los dos objetos que Valyghar debía buscar: la piedra de bloqueo que los rebeldes utilizaban para evitar ser detectados, y un códice protegido con doble candado y varios sellos mágicos, en el cual se detallaban una extensa serie de datos y eventos ocurridos durante el Anómicus. 

Gladstone explicó al humano que, sin las llaves adecuadas, abrir el libro era imposible, y que su contenido no era de ningún valor para quienes no perteneciesen a la Cofradía. Pero él poseía los medios para abrirlo, y la Cofradía estaba más que interesada en recuperarlo. Gladstone no podía darle a Valyghar la información de la ubicación de la piedra de bloqueo en forma gratuita...pero podía considerar como "pago" por tal información que el humano diese su palabra de honor de intentar encontrar y devolver el códice en cuestión. Valyghar entendió que, considerando el elevado costo que la información que solicitaba tendría normalmente, Gladstone estaba haciendo lo máximo en su poder para agradecerle al humano. Ligeramente conmovido por la evidente vergüenza que el hobbit tenía de no poder ofrecer un mejor trato, Valyghar terminó la abundante cena que le habían traído y se comprometió a conseguirle al hobbit el códice del que hablaba. Gladstone, visiblemente emocionado y alegre, ofreció a Valyghar asistirlo con cualquier otra cosa que estuviese a su alcance (lo cual cobró la forma de conseguirle alguna forma de armadura) y le dibujó una serie de mapas para indicarle como llegar a las ruinas y como detectar el blasón de la familia Keleveck (dos unicornios enfrentados). Hecho esto, ambos sacudieron las manos vivamente, y tras volver a llamar a la moza para que suba dónde ellos estaban, Valyghar utilizó el anillo camaleónico para adoptar la forma de la muchaha y poder salir de la posada sin levantar ninguna sospecha. El atardecer ya se convertía en anochecer para cuando el León de Argos emprendía el rumbo de vuelta al puerto de Fondaria.  

Mientras tanto, Alexander seguía en la posada de Fondaria. Tras pedirle a Thomas Baldwin que le consiguiese alguna armadura de cuerdo, había permanecido sentado solo en su habitación con la espada solar apoyada sobre una pequeña mesa ratona que se encontraba entre dos sillas contrapuestas. Había perdido la cuenta del tiempo que llevaba observándola y pensando, cuando escuchó aquel familiar susurro fantasmal de un enemigo del pasado. "¿Qué se siente saber que todas esas muertes son tu culpa?" preguntó burlonamente el fantasma. Pero, lejos de consternarse, Alexander respondió que lo "estaba esperando", y con un gesto invitó al espectro a sentarse en la silla que se encontraba libre. El fantasma no pudo evitar sonreir por la absurda propuesta, pero decidió seguirle el juego al guerrero y tomar asiento...evidenciando la espectral flecha que aún seguía clavada en su pecho. Alexander intentó razonar con su antiguo enemigo: le explicó que vidas inocentes estaban en riesgo, le recordó los juramentos que los de su clase hacen respecto a proteger a tales inocentes. Pero el fantasma parecía poco conmovido. Por último, Alexander recurrió a un simple pedido de ayuda... ¿quien los estaba persiguiendo? ¿cómo podían detenerlo? El sadismo del espectro se volvió trasparente en su respuesta, que tan solo confirmaba lo que Alexander había creído ver durante el naufragio: se trataba de un Juez, un Juez cubierto en particulares mantos negros. Lo que el arquero no podía saber, y el espectro disfrutó en informarle, era lo que esto implicaba: los Jueces Negros son agentes especiales del orden, con un poder casi ilimitado. Y, por sobre todo, con un poder que no se encuentra atado a los nodos teluricos de los que dependen los Jueces regulares. No había alcance, no había rango, no había límite. No había escondite. El espectro desapareció inmediatamente para susurrarle suavemente a Alexander lo que eso significaba, lo que este ya sabía: "Un juez que puede usar sus poderes en cualquier parte. Alguien que compite conmigo para ver quien te mata primero...". Luego, el silencio, la re-encontrada soledad...y el repentino ataque del cansancio acumulado.


Alexander debió haberse quedado dormido, sin notarlo. Era eso, o algún extraño milagro lo había transportado al casco a medio hundir de la Ballena Blanca, en un hermoso día despejado. Se sentía étero, liviano. Al mirar hacia abajo pudo ver como sus pies se despegaban lentamente del casco y comenzaban a elevarse por una gentil fuerza fuera de su control. A sus costados, pequeñas siluetas, vestigios gaseosos de lo que parecían haber sido los marineros de la Ballena, parecían elevarse con él. Elevarse, constante y gentilmente, directo hacia el soleado cielo. Hacia las escazas nubes. Hacia una extra sensación de libertad. Pero, de repente, algo en el camino: un choque, una barrera, infinitamente amplia, gélida y transparente. Como una red de vidrio deteniendo el avance de los espíritus. Alexander sentía su cara chocar contra la gélida barrera, su cuerpo aún intentando el ascenso, una contradicción entre el movimiento y el mundo. Un pestaneo lo transportó inmediatamente arriba de la barrera. Sus pies tocaban piso firme: el duro suelo de la barrera translucida. Y, debajo de ellas....rostros. Cientos, miles, millones de rostros. Ya no complacidos, ya no expectantes: furibundos. Desesperados. Atrapados. Golpeando con puños etereos la barrera. Golpeando con creciente fuerza. Golpeando en un crescendo que se volvía intolerable...un crescendo interrumpido por un sonido distinto, apagado pero crudo. Un sonido que, a pesar de su bajo volumen, los eclipsaba a todos: una rajadura en la barrera.

Magister Nemfre
Los golpes despertaron a Alexander. ¿Los golpes? ¡Alguien golpeaba desesperadamente a la puerta! Se trataba de Nemfre, ¡el aura! ¡el aura mágica que precedía a las catástrofes se había manifestado en Fondaria! Algo terrible estaba por ocurrir, y era imperativo evacuar el pueblo cuanto antes. Alexander tomó la armadura de cuero (Thomas debió dejarla en la habitación mientras dormía) y salió lo antes que pudo para encontrarse al pueblo bastante alborotado, en lo que ya era plena noche. Subida a improvisado púlpito hecho con cajas, Nemfre intentaba explicar a los gritos a los habitantes del pueblo que una gran tormenta se avecinaba y que el pueblo debía ser evacuado. Sin embargo, solamente su curioso uniforme (y los de sus cuatro únicos acompañantes) daban algún peso oficial a lo que decía, y la gente reunida parecía comenzar a sospechar que algo extraño estaba pasando. Voces comenzaron a murmurar por lo bajo, ¿qué eran estas tormentas? ¿qué había pasado en Lansdow? ¿qué hacían los jueces? ¿qué se suponía que hiciesen ellos, abandonar su pueblo y ya? ¿y por qué habría una tormenta con un clima tan espléndido como este? ¡La gente quería saber de qué se trataba!

Alexander hizo lo posible por ayudar a Nemfre, explicando lo que había pasado en Lansdow. Pero en su intento por sonar convincente, tan solo alimentaba más los miedos de la gente: intentó explicar que esta tormenta no era algo normal. Que había poderosos magos detrás de ello, tal vez incluso Jue.... ¡Nemfre interrumpía a cada momento! Valyghar llegó justo en ese momento, apresurando el paso tras encontrarse con gente en el camino que se apartaba de Fondaria. También el Capitán de Argos intentó dispersar a los civiles, aunque recurriendo a un vano intento por intimidarlos con su autoridad. Poco resultado dio, y la muchedumbre se habría tornado rápidamente en turba de no ser por los gritos que comenzaron a venir del muelle, pueblo abajo. Fuese lo que fuese que iba a pasar en Fondaria, ya había comenzado.

Nemfre, sus hombres y el dúo de aventureros corrieron hacia el muelle, mientras la gente comenzaba a dispersarse en pánico. Extrañas sombras de figuras reptiliceas comenzaban a vislumbrarse entre las luces de la noche...luces que parecían provenir de incendios en el muelle. Los aventureros intentaron mantener el paso de la Magister, pero fueron sorpresivamente interrumpidos por lo que solamente podría describirse como la cruza entre un lagarto y una ave acuática, un ser alado prehistórico, una especie de pterodáctilo. Dos de estas criaturas se abalanzaron sobre los aventureros, atacándolos a medio vuelo para mantenerse alejados de ellos. Pero la táctica les resultó poco efectiva: Alexander consiguió evadir sin problemas el ataque y retribuirlo con abundantes flechas, mientras que Valyghar supo utilizar una variación defensiva de su estilo de combate con dos espadas para evitar mayores daños....y proceder a causarlos.
Tras despachar las criaturas, los aventureros buscaron a Nemfre en sus alrededores, pero fallaron en encontrar su rastro. En cambio, divisaron la figura de un hobbit entrado en años, corriendo aterrorizado de lo que parecían ser criaturas rápidas y abultadas. Si bien el hobbit iba en una dirección diferente de la que ellos tomaban, los guerreros solo tuvieron que cruzar sus miradas para saber que aquel sujeto necesitaba su ayuda, y se apresuraron a darle asistencia. Cuando finalmente lo alcanzaron, el hobbit intentaba ingresar en una casa para escapar de sus perseguidores, ¡pero ya era demasiado tarde! Desde los techos a ambos lados de la calle, dos versiones enormes y deformadas de lo que parecían ser ranas se baboseaban por su pronta presa. Al unisono, las ranas lanzaron sus lenguas a los pies y cabeza del hobbit. De haber conectado y tirado en direcciones opuestas, el pequeño cuerpo del desgraciado halfling probablemente se hubiese partido al medio (¡tal era la fuerza que parecían evidenciar estas deformes criaturas!). Afortunadamente para él, los reflejos de los aventureros superaron su sorpresa y ambos atacaron en el acto para cortar las lenguas de los monstruos.

Sin embargo, el ataque fue instantáneo, no-coordinado. Involuntariamente, ambos guerreros atacaron a la misma lengua de la misma rana, salvándole la vida al hobbit pero fallando en impedir que la otra criatura lo capturase... ¡y lo zambullese entero! La situación se complejizaba rápidamente. Mientras la rana herida saltaba de su techo a atacar a Valyghar con una mordida venenosa, la otra parecía intentar escapar por los techos, con el hobbit aún en el estomago. Nuevamente, la velocidad de los aventureros se hizo presente, y mientras Valyghar despachaba rápidamente a su atancante, Alexander no tardaba en insertar cinco flechas en la frente de la anfibia monstruosidad. Caída del techo, Valyghar se apresuró a hacer una cuidadosa incisión ¡y rescatar a un chamuscado y agitado hobbit de las fauces de la muerte! Con sus ropas y barba un poco quemadas por los ácidos jugos gástricos del monstruoso lagarto, el hobbit no tardó en agradecer sobremanera la ayuda de los aventureros (quienes no tardaron en simplemente ordenarle que se pusiese a cubierto y esperase a que todo hubiese terminado). 

Los aventureros retomaron entonces el camino hacia la playa y el muelle, intentando alcanzar a Nemfre y sus hombres. Pero tan solo con girar en una esquina, una escena bastante cruenta se les hizo manifiesta: lagartos bípedos, más altos que un humano estandard, de duras pieles escamosas y primitivas armas de combate, se apelotonaban para darse un festín sobre los cadaveres de algunos desafortunados habitantes de Fondaria. Uno de ellos, más alto y fornido que el resto, con una primitiva coraza de lo que parecían escamas de una criatura aún mayor y cráneos de áves, humanos y otros animales decorando su cabeza y hombros, parecía liderar al grupo. Al ver a los aventureros detenerse sorprendidos por la horrible escena, tan solo se limitó a mirarlos fijamente, hacer un par de gruñidos guturales articulados (¿alguna forma de lenguaje primitivo, tal vez?) señalándolos, y alejarse del lugar. Pero Valyghar no iba a dejar que se fuese con tanta facilidad, y cargó furibundo, ambas espadas en las manos, contra la media decena de lagartos que cubrían la retirada del lider.

Mapa de Fondaria
Usando el estilo de combate que le fuese enseñado por Kaliban, el cruzado dragón, hacia ya algunos años, Valyghar consiguió abrirse rapidamente paso entre los primeros cinco lagartos en tan solo un instante. Sus furiosos, pero certeros, ataques atravezaban sin problemas las primitivas armaduras de sus contranticantes, mientras que su técnica de hendedura suprema le permitía aprovechar el impulso generado por la carga y continuar con el ataque. Sin embargo, incluso el afamado León de Argos era humano, y los últimos días no habían sido precisamente sencillos para el guerrero. La tormenta, la batalla contra las arañas, el sueño interrumpido en altamar, la segunda tormenta y el naufragio, la corrida (ida y vuelta) hacia El Distrito para buscar ayuda...Valyghar comenzaba a sentir el coste de su extrema dedicación, y sintió buena parte de su fuerza desvanecerse al intentar acabar con el sexto y último lagarto. El modo que pifió su último golpe le recordaba al guerrero lo agotado que se encontraba. Afortunadamente, Alexander ya se encontraba con el arco dispuesto, y pudo deshacerse del último lagarto antes de que este pudiese hacer cualquier tipo de contra-ataque. Tras un pequeño momento para recuperar el aliento, los aventureros se exigieron aún un poco más....y continuaron con la persecución del lider lagarto (el cual parecía digirse camino hacia el muelle).

Esta vez su persecución los alejó del camino principal, y los llevó directo hacia la playa, aún a cierta distancia del muelle. Las cosas se hicieron entonces mucho más claras: lagartos, anfibios y otras criaturas parecían salir del mar y llegar a la playa, desde donde avanzaban hacia el pueblo de Fondaria. ¿Cuál era su objetivo? ¿Saqueo? ¿Destrucción? Las casas más cercanas al muelle ya comenzaban a levantar altos pilares de fuego, mientras que los gritos de pueblerinos y los sonidos de ventanas, techos y maderas rompiendose se esparcían por todo el pueblo. Tanto Valyghar como Alexander miraron con pavor la escena y no pudieron evitar considerar (e incluso murmurar) que una vez más habían traído la desgracia a la vida de gente inocente.

Pero ya habría tiempo para asignar culpas más tarde: un nuevo grupo de hombres-lagarto estaban llegando a las arenas de la playa. Eran casi una decena, pero estaban mucho más organizados que los anteriores: dos falanges parecían proteger a un par de lagartos que arrastraba una pequeña jaula de madera. Valyghar cargó inmediatamente contra la primera falange de escoltas, mientras la segunda arremetió contra Alenxader haciendo uso de rústicas jabalinas. Pero los ataques lagartos fueron muy poco certeros, y las flechas con las que el arquero retribuyó el gesto completamente letales. Visiblemente aterrorizados por la muerte de sus escoltas, los dos lagartos que arrastraban la jaula procedieron a destruirla contra el piso antes de ser acribillados por Alexander, liberando una docena de pequeñas criaturas. De piel aceitada y color turquesa brillante, cada una de estas pseudo-lagartijas era apenas más grande que un perro peqeueño y se paraba en dos patas, liberando lo que parecían ser ligeras cargas eléctricas directamente a través de su piel. Pero fuera cual fuera su función en el ataque, de poco uso le sirivieron a las fuerzas invasoras: todas ellas cayeron ante la hendedura suprema del León de Argos, incluso antes de poder hacer uso de sus ataques eléctricos. Poco importó que otra rana gigante saltase sobre una pared que separaba al pueblo de la playa, e intentase retener al guerrero con su lengua. Las flechas de Alexander pronto se encargaron de ella y permitieron a los aventureros continuar camino a su objetivo.

Finalmente, Valyghar y Alexander consiguieron alcanzar al alto guerrero lagarto que creían estar dirigiendo el ataque. Solo en una plazoleta próxima al muelle, el prominente humanoide parecía esperarlos expectantemente. Fue en el momento en que Valyghar estaba a punto de dirigr su carga contra la criatura, que la emboscada se hizo evidente, y otra media docena de lagartos salieron a la carga para detener al guerrero humano. Naturalmente, despacharlos no fue demasiado problema para Valyghar, pero el hacerlo le dió tiempo suficiente al lider lagarto a que cargase contra el guerrero haciendo uso de lo que parecía una ancha y resistente espada larga. Un gran duelo se dió a continuación, entre la técnica del guerrero humano y la mera fuerza bruta del lagarto. Un duelo que Alexander intentó interrumpir, ¡solo para ser sorprendido por la dolorosa sensación de un corrosivo flechazo directo en su espalda!

En los techos cercanos a la plazoleta, otro guerrero lagarto, cubierto en extraños paños harapientos que le tapaban buena parte de su rostro, se agazapaba a cubierto. Desde tal posición, el arquero lagarto se disparaba con gran precisión flechas que estallaban en salpicaduras ácidas, usando un enorme arco con sus terminaciones talladas en la forma de serpientes enroscadas. Mientras Valyghar deflectaba espadasos y comenzaba a ganar el combate, Alexander corrió debajo del techo donde se encontraba el arquero lagarto y utilizó su mágico anillo de saltar para elevarse inesperadamente a su altura. Manteniéndose aún en el aire, el humano liberó una andanada de flechas que fulminaron al enemigo en el acto, permitiendole aterrizar en el techo sin ningún problema. Mientras tanto, Valyghar deflectaba el último ataque del guerrero lagarto y quebraba con una seguidilla de ataques los cráneos con los que este decoraba sus hombros...infligiéndole un corte diagonal que lo separaba por completo en dos mitades. Aún padeciendo su re-encontrada fatiga, Valyghar miró a su alrededor en busca de su compañero, y no pudo evitar sentirse un poco ofendido al verlo hurgando entre los restos del arquero lagarto caído (seguramente con el proposito de hacerse con un arco más útil para las batallas por venir). Sin siquiera contemplar esperarlo, el León de Argos prosiguió carrera hacia el muelle.

Al llegar allí, Valyghar se encontró con una agotada Nemfre, bañada en sangre enemiga, y los tres hombres que quedaban de su guardia personal. Los guerreros, ambos visiblemente heridos por sus encuentros con los invasores, intercambiaron algunos datos sumarios sobre la batalla. Era claro que el pueblo había sido duramente golpeado por los atacantes, aunque también parecía ser el caso que (no sin gran esfuerzo) los pocos guerreros que había en Fondaria estaban consiguiendo repeler la invasión. Fue en plena conversación que una gran ola pareció chocar con los muelles del puerto, y directamente bajo ella una criatura de enorme tamaño se abalanzó contra la orilla, destruyendo los muelles con la mera fuerza de su enorme tamaño y gran peso. Se trataba de una especie de tortuga gigante, ¡una monstruosidad del tamaño de un barco pequeño!, con enormes escamas verde-azuladas y un caparazón que parecía duro como la roca.

Mostrando gran coraje frente al colosal tamaño de la criatura, Valyghar volvió a desenfundar ambas espadas (su espada solar y la espada que el oficial de su pueblo natal le hubiese otorgado hacía ya un par de años) y cargó velozmente contra el monstruo, dando un único golpe críticamente certero y letal: un grito de coraje, el ruido de rápidas pisadas entre maderas destrozadas, la luz de las dos lunas reflejandose en la trayectoria de la espada..... ¡y uno de los gigantescos ojos de la criatura volando por los aires! El rugido de dolor que emitió la tortuga pudo escucharse en todo Fondaria...y su ardiente venganza no se hizo esperar. Juntando toda la ira que el ataque le había ocasionado, la monstruosa criatura comenzó a calentar el agua salada que aún llevaba en su boca y, antes de que Valyghar, Nemfre o sus hombres pudiesen reaccionar, ¡la liberó en forma de un enorme cono de vapor! Un observador inexperto podría considerar que es ridículo utilizar vapor como arma en un combate. Sin embargo, elevado a estas altas temperaturas, quema por completo la piel de los rivales. Lo cual, sumado al hecho de que su consistencia gaseosa le permite introducirse en los recovecos de las armaduras (armaduras metálicas, generalmente, que también se calientan a la par), lo hace un arma increíblemente mortífera. En efecto, los reflejos de Valyghar le permitieron evadir gran parte del ataque, y aún así los daños recibidos los llevaron al borde del colapso. Los hombres Nemfre, peor entrenados que el León de Argos, no tuvieron tanta suerte...y murieron entre gritos de dolor en el acto. La Magister, por otro lado, se cubrió como pudo del ataque pero, cargando ya las heridas de previas batallas, recibió un daño mayor al que pudo tolerar. Derribada en el suelo, su última acción fue arrojarle a Valyghar algunas pociones curativas, antes de perder por completo el conocimiento.

Fue en este preciso instante que Alexander, armado con el arco-serpentino que hubiese robado al hombre lagarto, llegó a las inmediaciones de la batalla. Tras gritarle a Valyghar que esta batalla se encontraba por fuera de sus aptitudes, Alexander hizo un gran esfuerzo de concentración y descargó una andanada de mortiferas flechas sobre su rival, con crítica certeza. ¡El ojo restante de la criatura se encontraba ahora plagado de flechas, que al impactar con su objetivo habían estallado en salpicaduras de ácido corrosivo! La gigantesca tortuga, ahora ciega por completo, liberó otro pavoroso rugido de dolor. Los aventureros, heridos y agotados, se miraron por un momento con el entusiasmo y la confianza que su ventaja les confería: podía ser gigante e imponente, pero un enemigo ciego sería presa fácil para este duo de guerreros. ¡Pero su alivio duró poco! Tras ingerir una poción curativa, Valyghar descargó una andanada de ataques contra el monstruo, ¡solo para ser contra-atacado con imposible certeza por la ciega criatura!



Fue entonces cuando todo se hizo claro, y el terror volvió a inundar a los guerreros: años de cacería en el fondo del mar habían enseñado a esta criatura a luchar eficientemente en la más absoluta obscuridad. Privada de su vista, la tortuga gigante aún podía combatir con sorprende soltura, eficiencia y certeza. Podía, en definitiva, combatir a ciegas. Un par de enormes garras tumbaron al guerrero humano, dejándolo presa del enorme pico oseo de la monstruosa tortuga. Valyghar fue completamente atrapado dentro de la mandíbula de la criatura, haciendo un esfuerzo desaforado por no ser tragado por completo. Alexander observaba la escena despavorido... ¡había llegado demasiado tarde! Otra andanada de flechas impactó de lleno en el enorme objetivo, claramente dañado por la seguidilla de ataques continuados. Pero eso era por completo irrelevante: su enorme mandíbula se había cerrado, y todo rastro de Valyghar había desaparecido de la vista. Un intranquilo silencio invadió el puerto mientras el arquero colocaba las siguiente andanada de flechas sobre su arco. ¿Qué le ocurría a la enorme criatura? Unos espasmos, el ruido de cartílago quebrándose, una brillante luz saliendo de lo más alto de su cráneo.... ¡y el León de Argos atravesando cráneo, escamas y carne con su espada solar, escapando al mortífero agarre del monstruo y matándolo en el acto!

Un momento de gloria, de silenciosa y merecida celebración en el corazón de nuestros aventureros. Pero un momento breve, cuanto mucho. Saltando entre los techos y directo contra los guerreros, un hombre lagarto atareado en lo que parecían vestimentas ritualísticas y chamánicas avanzaba montando un enorme escuerzo, protegido a su vez por una rústica barda de escamas. Una brillante capa y una densa corona de plumas señalaban el alto estatus que el lagarto debía tener en su sociedad, mientras que sus gélidos ojos desorbitados lo señalaban en un claro estado de trance y frenética perturbación. Pero tal trance no era necesariamente auto-infligido ni deseado: Alexander, en un momento de prodigiosa vista sobrenatural, pudo ver el débil fulgor de lo que parecía ser una runa mágica, un ojo brillante en la frente del chamán, invisible a los demás. Una runa que ya había visto antes, hacía dos años, cuando una horda gnoll había atacado en forma inesperada e injustificada las puertas de Aldaron. La misma runa, el mismo empeño por completar una misión a toda costa, impuesto sobre la mente de líderes tribales. ¿Pero impuesto por quién? Otra masacre, otra invasión, nuevamente dos sociedades luchaban encarnizadamente como peones en un juego manejado por manos invisibles. No había tiempo para esto. Lamentándose por la probable inocencia de su enemigo, Alexander descargó con pesado espíritu tres flechas sobre el lagarto, que impactaron directamente en su objetivo causando un gran daño. La agresión fue rápidamente devuelta, y el chamán lagarto levantó sus brazos en furioso éxtasis, invocando una descarga eléctrica del cielo oscurecido directamente sobre el arquero humano.

Valyghar presenció estos eventos, pero se vio obligado a confiar en la destreza de su compañero para eliminar la nueva amenaza. Otros asuntos más urgentes ocupaban su mente. Nemfre, malherida por el ardiente aliento de la tortuga-dragón, yacía moribunda a unos pocos pasos de distancia. Ya fuese por su fortaleza, reflejos o mera suerte, había conseguido sobrevivir al ataque que había dado muerte a sus soldados. Pero, aún así, se aferraba con escasas fuerzas a una vida que la abandonaba. Valyghar corrió hacia su lado, soltando sus armas para hacer un desesperado esfuerzo por aplicarle los primeros auxilios. No era la primera vez que el León de Argos se veía obligado a intentar sanar un soldado en el campo de batalla, y su experiencia pasada le permitió estabilizar a Nemfre sin muchos problemas. No se encontraba, bajo ningún punto de vista, curada, y ciertamente no podría volver a combatir por algunos días. Pero el peligro de su muerte inminente parecía haberse disipado.

Lo que no se había disipado era el furioso ataque del chaman lagarto. Tras ingerir lo que parecía ser
una poción curativa, el lagarto invocó un nuevo relámpago sobre su oponente. Los rápidos reflejos de Alexander le permitieron minimizar el daño, así como esquivar el veloz intento del gigante escuerzo por retener al arquero con su lengua-látigo. Aún el aire, Alexander descargó una nueva andanada de flechas, dando muerte a su rival y derrumbandolo de su montura. Jadeando por el esfuerzo, por el cansancio, por las batallas acumuladas, Alexander comenzó a preparar la próxima tanda de flechas, listo para dar batalla a quien se presentase. Pero, pero su gran alivio, sus le mostraron como las sombras de sus enemigos huían hacia la costa, en clara retirada. El ataque a Fondaria había concluido. ¿Podía considerase esto una victoria? Los guerreros habían conseguido sobrevivir, Nemfre había sido salvada a último momento, y los invasores habían sido repelidos. Pero el constante sentimiento de responsabilidad y culpa que pesaba en el pecho de Alexander se había propagado, ahora también, al de Valyghar y los aventureros ya no tenían ninguna duda: esto había sido, en cierto sentido, su culpa y responsabilidad. Y era de ellos la responsabilidad de encontrar tanto la fuente de estas tragedias, como el modo de evitar que siguiesen ocurriendo en su camino.

Nemfre, sin su uniforme
Valyghar tomó el inconsciente cuerpo de la magister en brazos, y ambos aventureros entraron en las ruinas de la casa más cercana. Tras despejar una mesa, Valyghar depositó a Nemfre arriba de ella y procedió a asegurarse que los primeros auxilios administrados hubiesen sido eficientes. Pero el León de Argos no pudo evitar perder su concentración al remover la capucha de cota que protegía la cabeza de la magister. Los azules cabellos de Nemfre, de un tono que Valyghar siempre había encontrado extrañamente familiar, cayeron a los costados de su rostro. Era la primera vez que el soldado se encontraba frente a la magister sin tener que confrontarla, sin tener que inventar excusas para esconder el modo en que Alexander había utilizado magia ilegal para matar a Ventisca, el Juez Renegado, y sin tener que responder a los rígidos formalismos de las jerarquías militares. Por primera vez, Valyghar observó el cuerpo inconsciente de la mujer con la que había renegado durante tanto tiempo...y se encontró verdaderamente sorprendido al descubrir que detrás de su actitud dura y confrontativa se encontraba el porte de una mujer verdaderamente hermosa.

Pero esos momentos de apreciación duraron poco y fueron rápidamente interrumpidos por una sugerencia indirecta de Alexander, quien no pudo evitar señalar que la inconsciente magister poseía una piedra de bloqueo entre sus pertenencias. Pero Valyghar no le permitió llegar a la eventual propuesta. Las piedras de bloqueo habían sido estrictamente prohibidas por el Orden tras su uso por los insurgentes durante el Anómicus. El que hubiesen decidido ir a conseguir una ya era para Valyghar, honorable militar de carrera y descendencia, algo bastante difícil de aceptar. Pero ¿robársela a una magister inconsciente? Eso ya era pasar abandonar cualquier tipo de respeto por el Orden que Valyghar pudiese representar. No. Viajarían a la Isla de los Túmulos al amanecer y conseguirían su propia piedra de bloqueo, para utilizarla únicamente porque la situación y el evidente daño colateral que estaban ocasionando lo hacía necesario. Pero aunque Valyghar se mostró inquebrantable y resuelto en esta decisión, no pudo evitar confesarle a Alexander que había tenido razón durante todo este tiempo. Que algo raro estaba ocurriendo, que los agentes del Orden podían estar involucrados, y que eso era simplemente muy duro para él. El arquero, entendiendo que su amigo y compañero comenzaba la compleja tarea de someter a un crítico análisis aquellos ideales y creencias que habían marcado y dirigido su vida, se limitó a acompañar tal confesión con comprensivo silencio y empatia. Solo una sugerencia, expresada casi en simultáneo, rompió el silencio: si la Espada Solar tenía un aura mágica que podía ser rastreada, este era un excelente momento para deshacerse de ella. O, mejor aún, para enviarla a otro plano de existencia donde no pudiese presentar ningún tipo de amenaza. Por decisión unánime, los aventureros optaron por esconder la espada que había simbolizado los logros y el prestigio del León de Argos en uno de los compartimientos mágicos del carcaj encantado de Alexander. Allí, sería transportada a un tiempo-espacio diferente (una especie de dimensión en miniatura) y estaría fuera del escrutinio de quien fuese que los estaba persiguiendo.

Hecho eso, los aventureros procedieron a revisar algunos objetos que parecían ser mágicos, portados por los guerreros más prominentes de las fuerzas invasoras, y que hubiesen recogido tras vencer al chamán lagarto. Fue mientras Valyghar se encontraba ocupado en esta rutinaria tarea, que Alexander no pudo contener su curiosidad al notar un dije colgando del cuello de Nemfre. Redondo y cerrado, en su interior se encontraba una imagen, un retrato que representaba a dos niños de cabellos azulados de un enorme parecido entre sí. Uno era, indudablemente, Nemfre. Ciertos rasgos de sus facciones se habían mantenido inalterados durante los años. ¿Pero quien era el otro niño de azul cabellera? Algo en su expresión, en sus ojos fijos y mueca burlona le resultaba extremadamente familiar a Alexander. Familiar...y perturbador. Solo tras un momento reconoció el parecido y toda duda se borró de su mente. Se trataba de Ventisca, el Juez Renegado que hubiese matado hacía dos años en las ruinas élficas al sur de Aldaron, asestandole una flecha mágicamente dirigida directo al corazón. La primera vez que Alexander había usado la prohibida magia arcana. Ventisca, el mismo Juez Renegado por cuyo deceso Nemfre había intentado interrogar a Valyghar hasta el hartazgo. Valyghar, en un intento por ocultar el ilegal uso de magia de su compañero, se había arrogado en forma exclusiva la responsabilidad por la derrota del Juez, y nunca había mencionado a Alexander en sus relatos. Nemfre nunca había comprado esta versión. Pero, ¿podía ser que lo que realmente le interesase no fuese descubrir si Valyghar había usado magia (única forma concebible de vencer a un Juez)...sino saber más sobre la muerte de su hermano? Alexander pensó en decirle a Valyghar lo que acaba de descubrir. Pero se contuvo. Nemfre lo había mantenido en secreto, y tal vez él también debería hacerlo.

No hubo mucha más actividad durante aquella noche. Los aventureros volvieron, cargando a Nemfre, a las chamuscadas ruinas que quedaban de la taberna. Buscaban al hijo de Baldwin, y los desfigurados cadáveres de pueblerinos en la puerta los preocuparon en un primer momento. Pero, para bien o para mal, no parecía haber rastro alguno del joven Thomas. Alexander optó por continuar la búsqueda por el pueblo, mientras Valyghar decidió llevar a Nemfre a una habitación y dejarla en las mejores condiciones posibles para su recuperación. Tras acomodarla en una habitación con dos camas, comenzó a removerle la armadura (aún caliente por el ataque de vapor) en la forma más respetuosa posible. En un claro desvario de dolor, Nemfre consiguió un fugaz momento de consciencia e inmediatamente preguntó por sus hombres. La triste respuesta de Valyghar fue suficiente para volver a sumirla en sueños. Valyghar procedió a vendar las quemaduras más importantes, improvisando instrumentos y suministros con lo que tenía a mano. El trabajo distó de ser perfecto, pero sería suficiente por ahora. Conforme con sus resultados, el soldado consiguió quitarse parte de su armadura y se derrumbó agotado sobre la cama que estaba disponible. Por primera vez en varias noches, el León de Argos conseguiría descansar una noche de corrido.

Alexander caminó un poco por el pueblo, visitando las piras funerarias que se improvisaban en algunas esquinas. "Juan", aquel pescador que los había recibido al llegar a Fondaria le indicó rápidamente que las piras eran para los invasores, y que los cadaveres de los pueblerinos se encontraban en el edificio municipal. Con ánimo y humor inquebrantable, el escualido y avejentado pescador no pudo evitar decirle jocosamente al arquero que habían llegado en un mal momento. Pero el chiste bien intencionado había golpeado duro en el espiritu del arquero: ellos habían sido el mal momento. El edificio municipal presentó otra escena patética. Chamuscado y con las ventanas rotas, la alta torre del reloj que coronaba al edificio se ergia ahora sobre una pesada noche, iluminada con los fuegos aún vivos de casas arrasadas, piras enemigas y quien sabe qué más. En su interior, pueblerinos heridos y atónitos se acomodaban en cada rincón que podían. El patio trasero se había transformado en una especie de morgue improvisada, y un par de docenas de cuerpos se encontraban tirados en el suelo, tapados con mantas y cortinas en un fútil intento de presentar la escena más digna posible.



El arquero se encontraba apesadumbrado, profundamente angustiado por las visibles consecuencias de la tragedia de la que se consideraba responsable. Entre los civiles presentes se encontraba aquel hobbit que hubiesen salvado del ataque de las ranas durante la invasión, su barba visiblemente quemada por los ácidos gástricos a los que había sido sometido. Su nombre era Shovial, y pronto explicó ser el alcalde de Fondaria. Sus agradecimientos a Alexander y Valyghar no podían ser más honestos y profundos. A sus ojos, ellos habían sido verdaderos héroes y los principales responsables de que Fondaria no hubiese sido completamente arrazada. Cada nuevo agradecimiento, cada nueva honra, no hacía más que incrementar exponencialmente la secreta angustia del arquero. Alexander preguntó al hobbit por Thomas Baldwin, pero el alcalde dijo no haberlo visto...ni vivo, ni muerto. Había cinco cuerpos en el patio, completamente tapados por mantas, sus restos demasiado chamuscados como para ser reconocidos. En silencio, el hobbit y el humano reconocieron lo que ello podía implicar para el destino del desaparecido Baldwin. Con su espíritu derrotado en las consecuencias de su "victoria" sobre los invasores, Alexander decidió dar por terminada la larga noche y volver a la taberna.

El amanecer del siguiente día fue particularmente silencioso, el bullicio habitual de la actividad portuaria reemplazado únicamente por el graznido de distantes gaviotas. Cuando Valyghar consiguió volver en sí, Nemfre ya se encontraba despierta, reposando erguida sobre el respaldo de su cama. Si bien su postura expresaba su habitual rigidez, disciplina y fortaleza (sus heridas aún eran frescas, pero su porte no daba señales de molestia alguna), su expresión y el tono de su voz era notablemente distinto al habitual. Si bien no era particularmente ameno, ni particularmente amistoso, su tono expresaba, por primera vez en mucho tiempo, agradecimiento. Valyghar ciertamente no sabía muy bien como lidiar con quien hubiese sido una espina en su camino durante estos dos años, y mantuvo la reticencia y distancia que había caracterizado todos sus intercambios anteriores. Nemfre se limitó a agradecer en forma rápida y sin muchas pompas al guerrero y a preguntarle por los detalles de la invasión. Tras cierto intercambio casual de datos, Nemfre le dijo a Valyghar los rumores que corrían en Sarónica sobre los Jueces Negros. Como podían usar sus poderes en cualquier parte, y no solo en las proximidades de sus torres. Como operaban por fuera del Orden y en secreto. Como tenían una agenda secreta que solía involucrar eliminar amenazas antes de que se manifiesten. Como eran, según las leyendas, implacables e imbatibles. Valyhgar recibió la información con cautela, pero no dio ninguna respuesta particular. Tomó sus objetos, se dirigió hacia la puerta, y si limitó a decirle Nemfre que enviaría un mensaje al General Grognard para que enviase ayuda y la recogiese. Hecho eso, abandonó la habitación para reunirse con su compañero, pero no sin activar la libelula de piedra que Grognard le hubiese dado y enviarla volando hacia el General, portando el siguiente mensaje:

"General Grognard: escribo desde las lejanas tierras de Fondaria. Hemos sido atacados por los hombres lagarto que asediaban Rhendial. Hemos vencido, pero los hombres de Nemfre han caído y ella ha resultado gravemente herida. La he estabilizado y la he dejado descansando en la taberna. Seguiré sobre la pista de Denkel y cuando tenga novedades me comunicaré contigo."

Los aventureros enfilaron hacia el muelle, desde donde pensaban utilizar un objeto mágico recientemente adquirido para zarpar hacia la Isla de los Túmulos. El chaman lagarto que había dirigido el ataque resultó tener en su poder dos grandes plumas mágicas adheridas a pequeñas piedras redondeadas y esculpidas con la forma de tortugas. Las mágicas Hadas del Fauno que los aventureros llevaban consigo habían conseguido identificar las plumas como artefactos mágicos, capaces de transformarse en pequeños botes por una duración de medio día, tiempo más que suficiente para que llegar a su destino. Pero en el camino hacia el puerto, los aventureros se cruzaron con una escena atípica: pueblerinos y sobrevivientes habían arrastrado el cadáver de la gigantesca tortuga-dragón hasta la superficie, e ingresaban por turnos en su interior para remover objetos de su interior. Lo que había comenzado como la desesperada búsqueda de ciertos fallecidos, pronto se había tornado una empresa redituable. En sus cazerias y viajes marítimos, la monstruosa tortuga parecía haber ingerido todo tipo de tesoros, armas, armaduras y gemas en abundancia. Y los habitantes de Fondaria habían decidido, en forma unánime, dárselos a los aventureros en agradecimiento por su magnánima y crítica ayuda. Poco sirvió que Alexander intentase rechazar la ofrenda, diciendo que los habitantes de Fondaria necesitarían de esos tesoros. Shovial, el hobbit alcalde, insistió que ellos encontrarían la forma de reconstruir el pueblo, pero que su ayuda debía ser recompensada y que ellos dos habían sido los únicos responsables del deceso de este monstruo. Alexander no discutió. Hacerlo implicaría revelar más de lo que podía sobre su actual situación. Peor aún: implicaba revelar información que podía perjudicar y poner en peligro a quienes la escuchasen. Los aventureros aceptaron la ofrenda y se prometieron en su interior volverse verdaderos merecedores de ella. Tras cargar algunas raciones para el viaje, y despedirse de los sobrevivientes, activaron una de las plumas mágicas del chaman y vieron como la redondeada estatuilla de piedra se transformaba en un pequeño barco de madera con forma de tortuga (lo cual ciertamente asustó a más de uno de los pueblerinos en un primer momento), y zarparon hacia su nuevo destino.

Zarpar en aguas profundas no era particularmente grato para los aventureros, visto y considerando que hacia menos de dos días casi habían encontrado su fin en tales condiciones. Pero tenían esperanzas de que, con  la Espada Solar oculta, su misterioso enemigo no fuese a atacarlos en esta ocasión. Tal vez para sacar su mente de tales ideas, tal vez anticipando lo que su compañero querría hacer en un futuro cercano, Valyghar le explicó a Alexander que debían conseguir un códice particular de unas ruinas en la Isla. Que tenía un mapa que le permitiría llegar sin problemas e identificar las ruinas, y que no debían (ni podrían) abrir el códice. Le explicó que tal había sido el precio que Gladstone había puesto por la ubicación de la piedra de bloqueo, y la mismísima piedra se encontraba en aquellas ruinas también. Valyghar había dado su palabra de conseguir el libro y pensaba cumplirla: sabía que de no hacerlo, Gladstone terminaría siendo quien pagase las consecuencias. Valyghar también aprovechó para comentarle a Alexander las cosas que Nemfre había dicho sobre el Juez Negro, y no pudo evitar señalar que si tal figura estaba detrás de estas tragedias, eso implicaba que el Orden estaba involucrado. Y eso le resultaba inefablemente confuso. Pero Alexander simplemente señaló que si tal era el caso, al menos eso implicaba que el responsable de todo esto no era Montag, el Juez de Argos que le hubiese dado la Espada Solar a Valyghar. Al menos no responsable directo, muy en contra de lo que Alexander había estado sospechando.

Luego, tras algún momento de silencio en alta mar, Valyghar finalmente se disculpó con Alexander. Lo había estado tratando como un loco desde que se volviesen a juntar hacia unos pocos días, tras dos años de ausencia. Se había rehusado a considerar la mera posibilidad de que los agentes del Orden pudiesen hacer algo como esto...y ahora Alexander, que había insistido una y otra vez con el modo en que los Jueces podían, y solían, abusar del poder resultaba haber estado en lo cierto. Pero la disculpa fue escuchada a medias por el arquero, quien se encontraba sumido en sus profundos pensamientos, con una clara expresión de perturbación. Tan solo susurraba, en voz muy baja: "Me dijo la verdad...me dijo toda la verdad."
"¿Quien? ¡No es momento de andarnos ocultando información!" -exclamó Valyghar, un tanto enojado.

"Tuve un sueño, Valyghar...y hablé con un viejo enemigo nuestro. Le decían....Ventisca."


Notas para recordar:

  • Edwin Gladstone, el hobbit rescatado por Valyghar en el ataque a la guarida garra-parda, dueño de la posada El Harado en el Distrito, y miembro de la Cofradía de Informantes, le ha dado indicaciones a Valyghar para encontrar una piedra de bloqueo en la Isla de los Túmulos. Su única demanda: que el aventurero le traiga un códice muy particular de las ruinas en las que se encuentra la piedra.
  • Alexander ha tenido un nuevo sueño. Lo que parecen ser fantasmas chocan contra una barrera en su asenso hacia los cielos. Los fantasmas están visiblemente perturbados, y la barrera comienza a agrietarse...
  • El pueblo portaruario de Fondaria ha sido atacado por una horda de hombres lagarto, posiblemente provenientes de Rhendial. Valyghar ha conseguido dar muerte a una gigantesca tortuga-dragón, y ambos aventureros han salvado al pueblo...pero el daño y las victimas del ataque son enormes. 
  • Nemfre ha quedado malherida, pero visiblemente agradecida con Valyghar. Además, Alexander ha descubierto que la magister es la hermana de Ventisca, el Juez Renegado.
  • Los aventureros han aprendido ciertos datos acerca de los "Jueces Negros". Su descripción se condice con la del sujeto que Alexander "vio" en el ojo de la tormenta que hundió a la Ballena Blanca. Al parecer operan en secreto, tienen poderes similares o mayores a los de un Juez, pero no están atados a los nodos teluricos: pueden usar su magia en cualquier parte. 
  • Los aventureros han aprendido que la Espada Solar posee un aura mágica particular que hace muy fácil su rastreo. Han decidido esconderla en uno de los compartimentos mágicos del carcaj de Alexander, donde quedará resguarda de cualquier escudriño mágico. 
  • Shovial, el hobbit alcalde de Fondaria, está profundamente agradecido con los aventureros.
  • Thomas Baldwin, el hijo del Capitán Baldwin al servicio de Valyghar, ha desaparecido en el fragor de la batalla. Hay buenas chances de que no haya sobrevivido. 
  • Valyghar ha utilizado la libélula de piedra para informar a Grognard de lo ocurrido en Fondaria, de sus planes y del estado de Nemfre. 
  • Al momento de zarpar hacia la Isla de los Túmulos, los aventureros se encuentran en el mediodía de su séptimo día de viaje.