viernes, 12 de marzo de 2010

El desafio del Emisario

[Narración de la segunda batalla en el preludio a nuestra campaña de Albión de Warhammer Fantasy Battles. En esta ocación, las tropas Imperiales de Valerius (de xxVaderxx) arremeterán contra el caótico ejercito de Corvus, señor de lo muerto (de AstarothLeo) en las ruinas humeantes de un poblado en Albión].



Hoy continuamos con esta tradición mía de escribir "narraciones de batalla" (hibridos a medio camino entre un cuento y un reporte de batalla técnico) sobre un partido del juego Warhammer Fantasy Battles en nuestros preparativos para la campaña de Albión. En esta ocación tengo el honor de comentar una batalla entre los Imperiales de xxVaderxx y los Guerreros del Caos de AstarothLeo. 
Los eventos de este combate ocurren al poco tiempo los narrados en El Campanario de Neuland y cuentan con la participación de algunos personajes de la campaña de invierno que jugasemos yo y AstarothLeo (campaña de la que se viene un PDF proximamente a éste blog).
 Así, esta batalla sirve como conexión entre mi ejercito, el de Vader y el de Astaroth, así como un certificado de linealidad entre varias de nuestras campañas.

Aún así, como seguimos en el preludio a Albión, ninguna regla especial fue utilizada. Lo siguiente es una batalla campal a 2000 puntos, utilizando las reglas de despliegue de escnografía detalladas en el manual.
Espero sea de su agrado ^^

- El desafio del Emisario -

"Algunas semanas habían pasado desde la frustada incursión lagarta cuando el extraño se presentó en Neuland. El tamaño del asentamiento se había visto incrementado notablemente y un puñado de casas ya se encontraban levantadas y ocupadas por milicianos y colonos.
Tal vez fuese esa súbita congregación de hombres lo que atrajo al nativo, tal vez fuese la deslumbrante demostración de eficacia que el equipo imperial había dado hacia poco tiempo, tal vez fuese la desesperación de ver su tierra sumergirse paulatinamente en el caos.
Sea cual fuese el motivo, el arúspice (como se hacía llamar) se limitó a presentarte en la plaza del campanario y gritar a viva voz el fatal destino de un poblado cercano. Aparentemente, así como las tropas Imperiales y los Hombres Lagarto habían manifestado su presencia en la isla, un gran contigente de bárbaros del norte habían descendido sobre Albión guiados por unas misteriosas figuras conocidas unicamente como los "Emisarios Obscuros". Aconsejados por uno de estos sombríos personajes, una hueste de guerreros había arrazado sin ninguna dificultad un poblado en las cienagas cercanas y establecido allí su propia guarida. Lo que era mucho más curioso, las tropas del caos habían cesado su avanze...aguardando desafiantemente a quien quisiese desafiarlos.
La idea de combatir cara a cara con las abomniaciones del caos era algo que ciertamente complacía a Valerius. No eran las reliquias, riquezas ni secretos de esta tierra, sino los rumores sobre el Maestro Obscuro lo que habían arrastrado a Valerius hasta Albión y tras una larga espera finalmente la oportunidad de exaltar la palabra de Sigmar se hacía manifiesta.
Sin embargo, la pequeña expansión de Neuland había sido suficiente para comenzar a generar las disputas caracteristicas de la nobleza imperial y ya se rumoreaba que Leopold von Stroheim se perfilaría como opositor de Lord Ravenbrandt (comandante en jefe de las fuerzas expedicionarias del emperador) con la esperanza de ganar algún tipo de poder en la corte de Altdorf. Su ausencia, pensaba Valerius, podría contribuir al desarrollo irrestricto de estas estratagemas políticas...mientras que su estadia podría obligarlo a tener que tomar cartas (y con ello, escoger un lado) en la contienda.
Su solución fue sagaz. Formaría su ejercito con simpatisantes de ambas figuras, efectivamente desarmando sus ejercitos personales y bajando un poco la temperatura política del asentamiento al tiempo que tendría la oportunidad de expandir la fé sigmarita y conseguir respuestas sobre el enigmático Señor Obscuro y sus emisarios.


Pero los agentes del caos tenían sus propios planes. Desde la derrota de sus tropas, hacía ya algún tiempo, que el hechicero Kaliop, devoto a Tzeench y aprendiz de Travinkar, se había visto condenado a vagar por los desolados desiertos del caos unicamente con la voz de su maestro para hacerle compañía. Ya ajeno a este plano terrenal, Travinkar le susurraba a su discipulo desde su mágico casco dandole augurios de los tiempos por venir y de las sombras que se agitaban en el mundo para celebrar el regreso del Maestro Obscuro.
La profética sabiduría de las voces había guiado a Kaliop atravez de los mortales paramos del norte en la busqueda de un nuevo vehículo para la voluntad de su maestro, y había sido Corvus, señor lo muerto, el elegido para la tarea. Se rumorea que ambos se encontraron en las colinas de Gharhars, cerca de la Eterna Batalla y que Corvus canceló su prematuro ataque cuando el mago pronostico la inminente llegada de un agente del Señor Obscuro. Poco sabía (ni le importaba) al fétido elegido de Nurgle que no era Kaliop quien emitia semejantes augurios. Para cuando el Emisario Obscuro se presentó en el campamento, se postró silenciosamente ante la sabiduría de Travinkar, sellando con ello la infame alianza entre Corvus y Kaliop...y dejando a este último dependiendo de su complice silencio.
Luego, el Emisario comenzó a profetizar los inminentes tiempos de agonia que aguardaban a todos aquellos que desafiasen al verdadero Maestro y a explicar como su presencia ya comenzaba a manifestarse en este mundo. Nuevas herramientas habían aparecido en las reconditas tierras de Albión y la inmortalidad y gloria serían sus regalos para todo aquel que contribuyese a su victoria. ¡Hazañas de incalculables proporciones recaerian sobre los hombros de sus elegidos!
Cientos de tribus se movilizaron a Norsca y desde allí navegaron a la condenada isla bajo la guía de éste y otros emisarios. Muy pronto, los poblados de Albión comenzaron a ser arrazados y sus tierras corrompidas en un vil intento por captar la bendición y atención del Maestro por encima de cualquier otro competidor.
Y así era como Corvus había llegado a un pequeño asentamiento cercano a Neuland, para llamar con los gritos de sus habitantes a las tropas Imperiales y pintar con la sangre de sus hombres el nombre del Maestro en sus caóticos estandartes.


Para Valerius, la travesía fue tan insipida y deprimente como el paisaje lo exigia. Albión se caracterizaba por un maleable clima que dificultaba el viaje. Solo podía rezarle a Sigmar para que la polvora de los cañones no se estropease en el próximo lago o el siguiente río. Pero estas preocupaciones se volvieron irrelevantes cuando el fétido olor de carne quemada y las torres de humo provenientes de lejanos tejados se hicieron perceptibles. Ordenó la carrera a sus tropas para intentar posicionarse lo más rápido posible en los lindes del destruido poblado. Ante él, una feria de atrocidades desfilaban desafiantes.




Perfectamente formados alrededor de un árbol adornado con los cuerpos infectos de pueblerinos medio muertos, un ejercito de guerreros del caos aguardaba la llegada de los Imperiales.Sus filas estaban compuestas por bárbaros montados en caballos de los desiertos, un veloz carro tirado por demoniacos corceles, guerreros revestidos con las mejores armaduras pintadas en los vivos colores del Dios de la Sangre, huestes de bárbaros agitando mayales y vociferando blasfemias, liderados por Kaliop en persona y acompañados por uno de los gigantes autoctonos a estas tierras que el hechicero de Tzeench había conseguido (...siguiendo el consejo de su maestro) corromper y deformar para que se sumase a sus fuerzas. Tambien había, resguardado tras las ruinas de un edificio literalmente pintada con la sangre con los niños del pueblo, un profano templete que evocaba cánticos de forma constante. Finalmente, el mismisimo Corvus lideraba el ejercito desde el centro, acompañado por una guardia de sus mejores caballeros y escoltado por los sabuesos que habían usado para rastrear a los últimos cíviles que se escondiesen en el descampado.
Valerius lideraba un ejercito similar al que le diese la victoria del campanario de Neuland. Dos bloques de infanteria (custodiados cada uno por un destacamento de arqueros y otro de espadachines) se posicionaban a los lados de una torre incinerada que era, en turno, ocupada por una unidad de arcabuceros y dos hechiceros (sabiamente reclutados de entre los alquimistas de Leopold von Stroheim). Un par de cañones flanqueaban la torre, al tiempo que el destartalado tanque a vapor por un lado y los herreruelos del batidor Hawker junto a una división de caballería defendian los extremos de la linea.


Las atrosidades evidenciadas en las ruinas de lo que alguna vez fue el poblado agitaron el corazón del sacerdote. ¿Acaso no había limite a las depravaciones de estos impios? Los cañones resonaron a su orden atacando la nueva evidencia de corrupción que los bárbaros traían con ellos. Fue solo tras el segundo impácto que el antaño noble gigante cayera desplomado sobre una casa cercana, magullado por la furia metalica de la artilleria enemiga.
Los alquimistas de Stroheim vieron la impunidad que les otorgaba la falta de artillería enemiga y se aventuraron fuera de su refugio para convocar la Regla del hierro ardiente sobre los jinetes de Corvus que ya galopaban a toda velocidad contra el frente imperial. Dos de ellos cayeron entre gritos de agonia mientras las impias armaduras diseñadas para protegerlos ardian en un purificador rojo vivo.
Kaliop no pudo verse menos interesado en la caida del gigante y acompañó a Corvus en el avanze frontal. Frente a sus ojos comenzaron a mutar los bárbaros a su mando, cuernos y protuverancias duras como acero creciendoles de la nada sobre la piel. Los cánticos del templete comenzaban a surtir el efecto deseado y a lo largo y ancho de las filas caóticas pequeñas mutaciones demostraban la complaciencia de un dios observante.


El avanze de los jinetes bárbaros fue respondido con un apresurado acercamiento y fogonaso de los herreruelos de Hawker, solo para huir ante la inmediata carga combinada de la jauria y el caótico carro.
En el otro extremo, el tanque hacía grandes proesas para moverse en el dificultoso terreno y acercase a la infanteria de Kaliop, mientras el otro grupo de sabuesos buscaba alcanzar uno de los cañones.
De forma constante Valerius ordenaba a los alquimistas la Regla del hierro, mientras los arcabuceros ya comenzaban a probar suerte con los objetivos que se posicionaban a su rango.
Cuando los cañones finalmente estuvieron recargados, los últimos elegidos de Corvus eran tumbados por las furiosas esferas de acero o los artilugios de los alquimistas, así como el carro que acechase a los herreruelos explotaba por los aires ante un certero cálculo del artillero.
Incluso con los susurros de su maestro y la ayuda del Templete, los poderes combinados de los alquimistas y la purificadora aura de Valerius eran suficientes para imposibilitar cualquier sorpresa mágica que Kaliop pudiese intentar.


Pronto la situación del flaco derecho comenzó a tornarse a favor de los Imperiales tambien. Superados los lodazales, el tanque consiguió acercarse a los hombres de Kaliop, al tiempo que resultase ileso de un ataque de oportunidad por parte de los sabuesos.
Corvus mismo había quedado despojado de su guardia y se hallaba solo y vociferando ordenes en el medio del campo de batalla. La unidad de arcabuceros de las ruinas consideró ésta una oportunidad dorada y no tardó en atinar un par de decenas de disparos en el solitario lider.
Sin embargo, la impía protección que le entregaba el señor de lo putrefacto (exaltada, en turno, por las obras del Templete) lo hacian inmue a los daños enemigos y aquellas balas que no rebotaban en su armadura se enterraban en lo profundo de su pus sin causar ningún daño. 

Para ese entonces, los herreruelos de Hawker habían concluido su retirada simulada y arremetian nuevamente contra las jinetes bárbaros. Una terrible descarga de polvora y munición cayó sobre los jinetes, y el mismismo Hawker, utilizando el arma que Valerius le bendiciese hacia poco, consiguió tres muertes en una sola fogonada. 
El balance de la batalla parecía estar a favor de los Imperiales. En el otro extremo del campo, el tanque a vapor consiguió acercarse lo suficiente como para rociar con su torreta a los hombres de Kaliop. Sin embargo, poco les importó a los temibles guerreros que algún desafortunado en sus filas cayera rostizado ante el vapor del tanque.
Con estóica determinación, los barbaros continuaron su lento avanze hacia las filas enemigas. Los sabuesos, por otra parte, habían llegado a una posición poco favorable...y en su camino hacia el cañón enemigo fueron interceptados por uno de los bloques de espadachines imperiales que les administraron la rápida justicia que se merecian. 


Los que sin duda contaron con mejor suerte fueron los devotos a Khorne. Mientras la artillería enemiga se ocupaba de destruir caballeros al galope, estos iracundos guerreros habían conseguido avanzar lentamente hasta las lineas de batalla enemigas, obligando a los herreruelos de Hawker a volver a emprender una preventiva retirada. Tras disponer rapidamente de los desafortunados arqueros, su unidad se encontraba en una peligrosa posición cerca al nucleo de las tropas enemigas. Valerius dudó como ordenar el siguiente movimiento. Un gesto de mano fue respondido con un trompetaso y la divisón de caballería cargó rapidamente contra el flanco enemigo...unicamente para ser masacrados y repelidos en el acto.Con sus lanzas capturadas en plena arremetida, varios de ellos fueron desmontados de sus caballos y descuartizados en el suelo sin posibilidad alguna de defenderse. Aquellos con la suficiente suerte como para soltar sus armas y sujetarse a las riendas consiguieron una fugaz retirada directamente hacia la ruina que refugiaba a los arcabuceros.
Mientras tanto, los bárbaros de Kaliops, ahora asistidos por el enorme Templete y sus sacerdotes,  se encontraban en una batalla inútil contra el bloque de metal humeante que era el tanque imperial. Sin importar cuanto odio pusiesen en sus golpes, las hachas de los guerreros continuaban quebrandose contra el cascaron de la maquina, que poco a poco conseguía derribar a alguno de ellos para triturarlo bajo sus ruedas. Ni siquiera las bestias que tiraban del templete, ni los encargados de su custodio, parecian poder penetrar la corteza del destartalado tanque. 
Corvus comprendió rapidamente la situación y como terminaría. Sin ningún tipo de interés por los condenados bastardos que aún quedaban en el campo de batalla, el campeón de Nurgle se aseguró una posición segura desde la cual planear el contragolpe hacia los bastardos imperiales. Éste ejercito caeria, pero la plaga se expandiria en la isla y con cada alma que sucumbiese ante ella un nuevo guerrero reforzaria sus filas. Poca digno de un campeón era arriesgar su chance de conseguir la inmortalidad por un par de docenas de guerreros...guerreros como los que en este mismo momento se apelotonaban en las barcas, esperando un comandante. 

Pero lejos de estas pragmaticas consideraciones se encontraban los soldados de Khorne. Ignorando completamente a Valerius y los cañones enemigos, los ensañados guerreros habían perseguido a los pocos caballeros que se les escapacen, exponiendose completamente a las ráfagas de los arcabuceros. Varios fueron los guerreros que fueron presa de la lluvia de plomo, pero varios más los que observaron indemnes el desafortunado ataque imperial.
Un gútural grito del oficial ordenó la carga y pronto un guerrero arrojaba su estandarte para derribar la puerta de una patada e ingresar acompañado en el edificio. La masacre fue fugaz. Cortas explosiones fuergon seguidas por gritos provenientes de los pisos inferiores, ruidos de ventanas rompiendose mientras algún soldado intentaba vanamente asegurarse una ruta de escape, solo para ser tomado por sus piernas y desmembrado sin mayor esfuerzo. Fue cuando una decena de guerreros emergieron de la única escalera, portando la sangre y cabezas de imperiales, que el resto de los arcabuceros comprendió su inminente destino e intentó por todos los medios asegurarse la vida. Algunos arrojaron su rifle y desenfundaron la espada, pronta a ser quebrada junto al brazo por el contra-ataque enemigo. Otros maldijeron su suerte y se arrojaron desde las ventanas, quebrandose las piernas en la mayoría de los casos y volviendose un objetivo cálido e inmovil para el acumulado sadismo de los caóticos que aún no conseguían ingresar en el edificio. Otros opusieron una valiente defensa o entregaron a sus compañeros pidiendo clemencia. Todos, en cualquier caso, sufrieron simialres destinos terribles. Todos murieron dando alaridos de agonía. 

Valerius quedó atónito. Sus hombres habían sido masacrados frente a sus ojos. Su excesiva confianza le había costado la vida a dos decenas de individuos. Con fervoroso odio ordenó a los cañones demoler la ruina mientras los enemigos aún la ocupaban, atravezando las murallas de lado a lado con sus poderosa artilleria, sin ningún tipo de preocupación por los efectos del fuego cruzado que provocaría. 
Los techos y suelos de la ruina se desplomaron sobre los guerreros, atrapandolos a casi todos en una muerte inevitable.
Fue solo cuando uno de los propios cañones imperiales fue impactado (y destruido) por una munición amistosa que Valerius reaccionó y ordenó el cese al fuego. 

El enemigo se encontraba diezmado, pero su exceso de confianza le había costado la vida a algunos de sus hombres y su ciega furia había sido castigada frente a sus ojos. El mensaje era claro. El Caos operaba de maneras insospechadas e incluso en su plena derrota había conseguido arrebatarle a Valerius un momento de insanidad. Ya no quedaba gente por rescatar, ni pueblo por retomar, solo unas ruinas blasfemas y horrendas, transformadas en monolitos al caótico culto de la obscuridad. 

Para cuando los bárbaros de Kaliop comenzaron a disperzarse y alejarse del campo de batalla, una tocada de trompeta le hizo saber al ingenieron del tanque que la batalla había concluido. Valerius había conseguido una sólida victoria contra las fuerzas del Caos, pero el pueblo del arúspice se encontraba arrazado más allá de cualquier rescate posible. Peor aún, el sacerdote se retiraba sin ninguna respuesta sobre el Señor Obscuro ni sus planes. Solo una cosa había aprendido: los guerreros del norte no debian ser subestimados. Ninguna cantidad de justicia divina sería demasiada cuando de estas bestias se tratase.  Y, bien sabía Valerius, el momento de la retibución estaba próximo.

Corvus, por otro lado, no se encontraba perturbado por la derrota de sus vasallos. Cuando él y Kaliop consiguieron reencontrarse con el Emisario Obscuro éste se encontraba curiosamente complacido. 
- "Incluso en su fracaso, han honrado la voluntad del Maestro" - dijo con una retorcida voz desde lo profundo de su máscara - "y en su derrota han revelado un oponete de gran envergadura...un temple digno de ser corrompido".
No pasaría mucho tiempo hasta que las plumas de los narradores saciesen su sed con la sangre de los hombres."


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El resultado final fue Victoria Decisiva para las fuerzas de Vader, con la cual ha comenzado a declarse "invicto" en lo que va de la campaña.
Tengo que admitir que esto de narrar las batallas de otras personas me dió tiempo para mirar en mayor detalle las pequeñas escenas que ocurren durante el partido y sacar fotografias xD.
Tal vez en otra situación (otro escenarios, otros ejercitos, etc) esto podría ser explotado de forma interesante!

Pero aún quedan muchas tiradas por hacer antes de revelar quien saldrá mejor parado de todo este conflicto. ¡Asique atentos para más reportes!.
Hasta entonces, dejo aquí algunas otras fotos más del partido. 
 


[EDIT: Comentarios y opiniones sobre esta narración de batalla disponibles en su thread de Wargamez]